Fragmentos de OFICIO EN TRÁNSITO. Lecturas, incidentes,contramarchas. 1954-59, por Juan Calzadilla

Fragmentos de OFICIO EN TRÁNSITO
Lecturas,  incidentes,contramarchas. 1954-59
Juan Calzadilla
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Nota del autor:

Se trata de apuntes para un diario de mis primeros años que nunca llegó a publicarse.
Los extractos que leerán tienen un valor meramente instructivo de los años
50 en torno a libros que por entonces eran las lecturas de las vanguardias,
aparte de las consideraciones subjetivas y otras cosas.

Paisaje a manera de párpado de la vigilia

La calle ancha y alta, en forma de calzada en pendiente, que tú mides con tus pasos a través del cansancio agónico que experimentas subiéndola, como si fuera tu propia vida la que llevaras a cuestas.

Llueve. Y desde  una tienda, en la acera de enfrente, en una vitrina, un maniquí engreído, llevando lentes ahumados, me sale al paso.
—¿Qué haces -le pregunto?
—Me las arreglo para vivir en el mundo. No como tú, que vives encerrado afuera -y lo dijo, haciendo un mohín, antes de regresar
a su vitrina.

….

Tener coraje para borrar conlleva el riesgo de que lo que se construya sobre lo borrado resulte ser otro borrón. Como cuando la atarraya revuelve el fango del pozo pero regresa
sin un pez en la malla.

Relleno de ociosidades

La cantidad se transforma poco a poco en calidad.
Pero ¿quién nos cura de la impresión de que este exceso de exposiciones, catálogos, artículos de periódico, novelas, películas, conciertos, no está contribuyendo a achatar el sentimiento artístico?

 Un despropósito a propósito

“Dejadnos solos, sin libros, y todos nos encontraremos perdidos y en la mayor de las tinieblas” (Dostoievski, Diarios). Ahora tendríamos que decir:  Dejadnos solos, sin periódicos, sin radios, películas, catálogos, sin museos, sin musicales y nos encontraremos perdidos en el peor de los infiernos (la ciudad).

*
Dostoievski confiesa (Diarios) que, mientras trabajaba, se sentía mejor cuando no estaba sometido a la presión de la lectura de otro libro que no fuera el que estaba escribiendo y guardaba en pliegos bajo su almohada. Cualquier cosa lo sacaba del inmenso poder de concentración que ponía en juego. Así se tratara de la Biblia.
Toda conciencia es una enfermedad, escribió en «El hombre del subterrráneo».

El cautivo de Omsk

Se mantuvo condenado a la desesperación desde que tuvo conciencia de que no solamente se hallaba confinado sino que también precisaba a todas manos, sin poder lograrlo, salir de su reclusión. El Zar le cambió la pena de muerte por la de cautiverio en una apartada aldea de Siberia, Omsk, a 30 grados bajo cero. El hecho de querer escapar de su situación era la forma tiránica e insoportable que en su mente tomaba el sentimiento de reclusión. ¿Cómo la venció? Escribiendo noche y día. Fue así como pudo sentirse libre, incluso sin  tener que esperar a que le cambiaran la orden de prisión por la de libertad. También se sentía libre cuando la idea de escapar no le atormentaba. Pero era porque ya tenía el tema de la novela y disponía de pluma, tintero y pliegos en octavo para comenzar a escribirla.

Otelo, el mago de las cámaras

Un Orson Welles tremendista, pero falto de  imaginación es este director que para magnificar el drama que vive Otelo cuando le demuestran que Desdémona lo engaña con Casio (ay, la historia del eterno pañuelito) enfoca la escena colocando la cámara en el suelo, en el más puro estilo expresionista en blanco y negro. Los personajes se ven ahora agigantados, como sus pasiones. Alega entonces  Welles que en esto es fiel a Shakespeare, en la exageración de los caracteres. Es decir, del efecto conseguido con las cámaras.

Parto riesgoso

Imaginar, al mismo tiempo que  miramos desde un punto de vista riguroso, cómo se forman las palabras en nuestra mente en tanto que objetos que visualizamos en el aire, equivale a poder ejercitarse en dibujar sobre el papel las imágenes de esas mismas cosas que imaginamos. Esto es lo que hace todo pintor. Sólo que, tan pronto aprehende las cosas, él prescinde de las palabras. Aunque haya partdo de éstas, como sucede con todo escritor.

La noche del abismo

El extravío no constituye para Tannhauser una desgracia en sí. Cómo se deleita oyendo el canto de los pájaros este Ulises de los bosques a tiempo que contempla el resplandor dorado de la  aparición pagana. Más feliz no podría ser en este bosque encantado en medio de la caravana cuya salmodia, un poco antes,  le había sumido en honda tristeza. La condición que devuelve a Tannhauser la felicidad consiste, según Wagner, en la perdida de toda noción del tiempo. Exactamente como Ulises embrujado por Circe.

Paradoja

Ese revestir de seriedad a las cosas y a la vez tomarlas en broma pareciera una contradicción. O más bien una paradoja cuya término
de resolución de los contrarios lo pone el buen humor. Tal como hace Chéjov en su teatro. A fin de cuentas no se actúa seriamente más que cuando se deja de lado toda seriedad para hacer de ésta el broche de una camisa de fuerza.

Torre de papel

Yo no me hacía muchas ilusiones con el resultado de lo que escribía para publicarlo en revistas y periódicos. Aparte de que de eso vivía, ponía más pasión en escribirlo que en verlo publicado. En cuanto el texto salía publicado dejaba de interesarme. Algo de eso cuenta Meneses respecto a sus novelas. Dice que una vez editado, nunca más abre el libro.
Le parecería un horror resistirse a rescribirlo. Y más aún ponerse a rescribirlo.El sendero impalpable

Evito la subjetividad en lo que ésta tiene de excesiva autoconciencia volcada sobre los sentimientos, como si éstos fueran el mundo y yo su eje central. Debo hacer de esto mi aparejo  campesino, e iniciar la marcha en dirección al destino y sin abandonar la trocha que yo mismo, con mis pasos, iré abriendo. Y sin perder de vista la emborronada meta.
Con este pensamiento en ciernes, llegué a Caracas (1953).

Allí mismo se alzaba la duda: ¿Cómo se podría ir por un camino cuando éste ni siquiera existe? El pie debe apartar la primera piedra. Así tú.

Uno tras otro

Somos una circunstancia del tiempo. siempre adelantándose
a todo lo que necesariamente debe venir después, en el orden del orden en que esas mismas circunstancias se presentan. Y .de acuerdo con la ley implacable  del tiempo. Pues nada de lo que ocurre sucede antes o después del momento  justo en que sucede. Ni más ni menos.

Lo que parezco para mí mismo

Soy lo que parezco para mí, pero la imagen con que me presento ante los demás es de signo equivoco y engañoso en proporción al efecto que puedo lograr con mi máscara una vez que me la quitado.

Receta última del escribiente:
Actúo como si no tuviera nada a que aferrarme salvo a la mesa donde escribo todo el día. Pongamos que yo sea sólo un escribiente, entonces toda el trabajo que realizo sería con la finalidad de sobrevivir.  Esta sola razón, no bastaría para que estuviera contento de mí. Debería proponerme una tarea como la de un Balzac, como si hubiera tenido que empezar su novela a partir del renglón para el
cual no tenía aún un argumento,que aún no había escrito, tal como
lo hacía.

Il faut vivre (pedaleando de regreso al futuro)

El hombre es pináculo de si  mismo. Es penoso, por tanto,
que tenga que sentarse para experimentar esta sensación
y ponerla en el papel cuando podría darla por sabida
y seguir adelante, de pie, empinado en sí mismo,
pedaleando de regreso al futuro.

  Lo uno y lo otro

Estoy todavía en ese etapa en que el hombre hace a cada instante un alto para medir la distancia recorrida. Luego ese hombre termina por olvidarse del camino trazado y también de lo que pensaba acerca de la meta propuesta: Se ve postergado a medir bien sus pisadas y encuentra que muchas de éstas las ha dado en falso. Convencido ahora de que toda meta no es sino un nuevo comienzo, que se debe cubrir, ay, a grandes pasos. Pero para el cual necesita tomarse todo su tiempo.

Lectores comunes

El cuentista Martín de Ugalde da preferencia al tema sobre el lenguaje. No hay alarde de estilo en su libro y los cuentos están presentados en un lenguaje sencillo como si el autor pensara en un público grueso antes que en lectores ilustrados. Y esto él podría justificarlo alegando que para la mayoría de las personas (y aquí incluyo a los lectores comunes), la vida es por supuesto más interesante que la literatura.

El loco de Macuto

El poeta Juan Ángel Mogollón (1931) fue el primero en hablarme de Reverón, en l951, en el Instituto Pedagógico. Tres años después, queriendo yo conocerlo, el viaje al litoral resultó infructuoso. Reverón había sido llevado poco antes a un sanatorio mental, en Caracas. Y murió al poco tiempo. Cuando uno iba  a la clínica y, frente a las puertas,  preguntaba por él, se negaban insistentemente a dejarlo ver. A menos que llegara alguien acompañado de un fotógrafo y libreta de periodista en mano. En este caso las autoridades admitían al intruso. Pensaban que alojar a un inquilino tan importante era razón de más para considerar que aquella casa
de salud  también lo era.

El habitante de la duda

La existencia está llena de dolor. Por todas partes, casi a diario, oyes decir: «Si yo muriera». Y de qué otra manera podría decírselo
el que no tiene más futuro que morir? Hoy es mañana. El condicional vale para cualquier momento. Y esto sobrecoge.

La montaña mágica

Al contrario de lo que pensaba  Hans Castorp, en quien la conciencia se ha anticipado de tal forma a su propio fin que toma a éste con tanta alegría que por un momento abriga la impresión de sentirse inmortal.

“Hans Castorp daba muestras de valor allá arriba, si hay que entender por valor ante los elementos no la sangre fría delante de ellos, sino un don consciente de sí mismo de una victoria alcanzada por la simpatía hacia ellos, sobre el miedo a la muerte”. Thomas Mann.

El narrador

La conciencia disfruta más cuando puede ser eximida de confesarse ante los demás. El novelista, por ejemplo, sabe asumirse como otro personaje, el de su escritura. Y es capaz de representarse a sí mismo, con mucha autenticidad, asumiendo la experiencia que atribuye a otros. Se diría que se desdobla mediante una intuición especial de su genio. Y esto es algo que no puede hacer el poeta, cuya subjetividad, por el contrario, lo coacciona a no ser demasiado descriptivo y explícito de sí. Y esto es lo que lo hace poeta.

H. Michaux: Tomar las cosas en serio es una cobardía demasiado grande cuando falta el humor para servirle de contrapeso.

Trabajo a la vista

No me hacía muchas ilusiones con el resultado de lo que por entonces escribía puesto que estaba consciente de que lo hacía con la intención de sobrevivir. Vendía mi trabajo y mi tiempo, a destajo, aunque en mi fuero interior, secretamente, abrigara el propósito de tener algún  éxito literario. ¿Y qué llamaba tener éxito? ¿La remuneración de ser leído o de ser pagado por la tarea? Ahí está la contradicción.

Suceden tantas cosas

La razón es que suceden tantas  cosas. Suceden demasiadas cosas. Eso es. El hombre realizó, engendró mucho más de lo que puede o debería soportar. Así es como llega a descubrir que puede soportarlo  todo. Eso es. Eso es lo terrible. Que pueda soportarlo todo, según William Faulkner Las palmeras salvajes)

Camión de estacas

Caminaría lentamente, de a poco. Hasta me asomaría para ver mirar a los árboles cruzando hacia atrás, vertiginosamente, enmarcados por la plataforma del desvencijado camión de estacas donde me dirigía a Caicara del Orinoco.

De  orilla a  orilla

La placita de La Urbana. En el centro hay una ceiba acostada a lo largo de su tronco, cual una vaca echada; por momentos el tronco sirve de asiento a los haraganes del pueblo, a falta de otros asientos como no sean varias piedras, utilizadas también para sentarse a esta hora pesada de la siesta, a la sombra de unos camorucos. Un poco más allá continúa el sendero que se abre paso a través de la hierba rala para conducir al barranco que sirve de atracadero a los barcos de la Compañía Venezolana de Navegación, y desde donde se extiende, hacia el horizonte, la plateada lámina del gran río.

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Acción versus idea

Una gran idea suele ser con harta frecuencia un sentimiento que, en ocasiones, tarda bastante en manifestarse, ¥ que no aparece sino hasta el momento en que algo exterior a él lo estimula.
una gran idea como la que llegan a expresar con sus actos claramente los que piensan que la felicidad no es anterior al heroísmo.

    Asible por dentro

No soy asible por las cosas sentimentales que me tocan por
fuera. Voluble y a menudo indiferente,
me pregunto a veces: ¿no es contradictorio?

Anotaciones perentorias

Hay uno que dice: la memoria es lo único que da coherencia a mi proyecto de vida. Y a propósito de esto traza sobre el papel rápidamente anotaciones perentorias. Porque, aparte de dejar  testimonio con ellas, tales impresiones se presentan como
lo único cohesivo que le sirve de lazo entre lo que escribe
y su experiencia. La memoria es experiencia congelada.

Borrón en dos zancos

La memoria era ya por entonces mi único auxilio, una especie de artefacto de bolsillo que sacaba a cada instante de la mente. Pero la tenía para tachar todo lo que se me ocurría. Como si hubiese en todo esto algo de perverso.
Casi me sentía con la memoria obligado a borrar también el camino. Y con el camino, a mí mismo. Y era lo que hacia a diario. Me sentía como un borrón en dos zancos.

Las vacilaciones y dudas son lo único seguro de la experiencia, pues ésta, siendo falible, no se puede tener por buen ejemplo. A veces, incluso uno trata de  tacharla, como a un mal recuerdo, olvidándola.  Falta el acto que la unifique y le proporcione sentido. Y esto no puede hacerse sino a través de la decisión. La decisión no como asidero, sino como ella misma, como estructura, y si lo prefieren, como botalón al cual se amarra el gavilán mostrenco o el gallo de pelea.

¿Cuál decisión? La decisión de decidir, diría Kierkegaard.

Un Orfeo a grandes pasos de tortuga

Orfeo Negro, de Marcel Camus. Se han discutido mucho los méritos intrínsicos de esta película. Es evidente, sin embargo, que lo trágico y poético están fuertemente expresados en el lenguaje del cine. Pero se da cierto transplante del mito griego de un modo demasiado epidérmico, por lo que realidad y ficción no se funden lo suficiente en un todo orgánico, autónomo. Convincente.
¿Podemos ante esta contradicción que acompaña al guión hablar de obra de Arte? Desde luego que no. Aunque en la ingenuidad del planteamiento radique lo mejor del filme. Molesta la especulación que se hace de lo folklórico y exótico para el consumo turístico. Y que se haya  pensado casi exclusivamente en un público europeo. O, mejor dicho, frívolo o esnobista.

El papagayo cayendo sobre el mar me recordó el Cementerio Marino de Valéry. Sin considerar, por supuesto, que aquí no hay pinos rodeando las tumbas ni en la playa va dando tumbos la sombra, entre las velas de las embarcaciones cual palomas que picotean la lámina del mar.
El Cementerio marino es el poema que debería leer mi generación. pero que no ha leído. No lo hace y prefiere leer en español una mala traducción de los poetas surrealistas.

Una torre de justicia

Rodolfo Moleiro, por su parte, ofrece a Antonio Machado como a un arbitro seguro, que nadie sigue. Alguno de sus contertulios (en la oficina de la Consultoría Jurídica del Ministerio de Justicia), compara a Darío con una guacamaya agarrada por la cola. Y se le celebra.

El valor del poeta radica en su coraje para huir de la verosimilitud. Pero cuidado con la subjetividad. Habría que ser inverosímil quedando fiel al objeto que genera la inverosimilitud (puesto que no hay abstracción que no provenga de algo), como si ésta lo contradijera y de ahí, de esa contradicción, nace el poema. Tal se deduce de las conversaciones con  Moleiro.
Moleiro se  opone a todo ejercicio retórico, si se considera también como retórica el falso surrealismo de nuestros jóvenes. El no quiere que el verso suene. Pero escribe en poemas medidos, cromáticos, sordos y muy visuales (en asonantes), pues piensa que «todo es alma en el tiempo». Sus poemas son como el remanso del pozo en cuya orilla se apeaba de su caballo para beber agua cuando era Jefe Civil de Altagracia de Orituco.

Cargaba por entonces revólver al cinto. Ahora lleva un lápiz mongol detrás de su oreja derecha. Con eso se orienta, cual antena. Y no se aleja demasiado. Pero no corrige a  nadie, salvo a los escribientes chapuceros de los tribunales.

Comunicación a Salvador Valero del día 15 de octubre de l957.

«He estado pendiente de escribirle para informarle mejor acerca de sus asuntos. Mañana debemos ir Omar  Carreño y yo a ver al  Director de Cultura de la UCV, Israel Peña, para tratarle el pago de sus cuadros. Me he estado ocupando de este asunto seriamente y conste que lo hago con el mayor desinterés. Sé cuánto ha perdido Ud. por el robo que hacen de sus cuadros y que Ud. por su bondad consiente. »

Una visita a las alturas

Nunca hay más de lo que percibimos al tramontar la línea divisoria de la montaña. No suele estar al otro lado lo que imaginábamos: ni la recompensa ni la dádiva, sino más bien ese marco de aire duro que antes nos escoltaba y ahora confundimos irremediablemente con el azul del cielo,
confundido con el mar.

Jacques Lipchitz: «El sacrificio de Abraham», escultura en el Museo de Bellas Artes.La vida de Lipchitz estuvo signada por el drama íntimo de quien veía en su propia obra la más aguda contradicción del arte moderno: la dificultad para conciliar orgánicamente la verdad de la expresión y la forma exterior bella, en cuya armonía se cifraba el valor de la estatuaria clásica. Quizá “El sacificio de Abraham” (Abraham y el gallo) hace compatibles tan opuestos conceptos. Y así vemos que el patetismo sereno y demencial, autoritario, de esta figura bíblica enfatiza la decisión mítica de matar al hijo, suministrándole la aprisionada gracia del conjunto. Para Lipchtiz, Jacob  niño se ha transformado en un gallo mexicano. Y Abraham no hace más que sostener en alto la espada, sin dejarla caer, ni siquiera para poner en peligro la vida de  un ave.

Pablo Gargallo, por su lado,  hizo con los metales duros algo más animado que los seres de carne y hierro.

Trastueque

Es bueno ahora que la causa y el objetivo se cifren, no en la espera de reconocimiento, sino en la disciplina y el trabajo,  a los cuales, por otra parte, yo me consagraba con tanto más ardor cuanto más cuenta me daba de que no podía hacer bien las cosas mientras no sacrificara por lo menos una parte importante de ese afán de experimentación en que me consumía, y el cual no tenía más fin que el experimentar en sí mismo.
Nada concreto. Ni siquiera un árbol caído al borde de la página contrahecha.

Renzo Vestrini y sus corotos

Conocí a Renzo Vestrini en l956, en Maracaibo, en los días en que el grupo Apocalipsis vivía sus mejores momentos. Nacido en Italia, había llegado al país nueve años atrás. Desde l952  pintaba cuadros abstractos que compartía con la fe contagiosa de su hijastra Miyó, quien, a los 18 años, escribía los versos más patéticos de Apocalipsis. La obra de Vestrini no se parecía a nada de lo que por entonces se hacía en Venezuela.  Cifraba todos sus recursos en la potencialidad del material, aunque se notaba falta de duende en sus obras, hechas generalmente con arenas cernidas de la costa oriental del lago encoladas a un soporte de madera. Investigaba en un territorio cercano al informel  actual. Por entonces el abstraccionismo concreto estaba alcanzando su cima en Venezuela; Vestrini lo combatía desde una trinchera rabiosa y anónima. Y decía: «los concretos se contradicen cuando creen que su pintura representa la solución más pura y admiten al mismo tiempo una subordinación demasiado evidente a la arquitectura, una dependencia que resta fuerza a sus obras, y también a ellos, como artistas, pues, haciendo eso, dejan de serlo”. Traduzco lo que decía.

Caracas,  l959

Nombres propuestos para una exposición que se llevará a cabo en Maracaibo (Espacios vivientes):
Materia y ruptura.
Visión del espacio
Inconformalismo.
Espacios vivientes.
Ämbitos encontrados.
Nuevas aportaciones.

2 poemas
Bambúes

En sus manos los soles detentan
las espinas dorsales del paisaje.
Rosadas crines de dioses a mediodía
bajo redes de hojas.

Todos se han marchado ya
en la hora grave en que el árbol verde
se confunde con la fronda de dios.

La ira de las azoteas

Final trágico. El suicidio de Eduardo Francis, quien alentó también el suicidio para su obra. Y antes de rociarse a sí mismo con gasolina, lo hizo con todas las esculturas que conservaba en su taller de la esquina de La Bolsa. Convertido en antorcha humana, tuvo el valor de no arrojarse por la azotea del edificio, como hubiera hecho otro en medio de la desesperación, conservando así la sangre fría para ver que, en medio del sufrimiento, su obra también desaparecía (quemada).
Quería que con él desapareciera también el mundo. De todos modos,
¿no es eso lo que sucede cuando alguien muere?

Final

El polvo se levanta mas no la mano
la piedra se dispara
pero no sabemos quién la arroja
al aire tan pesado como agua en la sombra
Los días pasan con sus formas piramidales
en cuyo vértice, por arriba, arde el sol
teniendo por ábaco a una nube.
Aquí abajo en el bosque, en tanto,  el silencio
cruje para comprobar la caída de la hoja.

Prefacio de la Condición Urbana, de Juan Calzadilla, por Luis Ernesto Gómez
Vuelo a rastras. 100 Antihaikus de Juan Calzadilla
Publicado en Libros de poesía.

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