Prólogo del poemario Mariposas en el suelo, de Damarys González

Prefacio para unas agujas de agua

Juan Calzadilla

 

Hemos tenido en la lírica venezolana más mujeres que hombres de genio verbal. Ida Gramcho y Ana Enriqueta Terán, entre las primeras, construyeron con la palabra complejos dominios semánticos y contribuyeron a forjar, junto a Luz Machado de Arnao y Hanny Ossot, una tradición formal asentada en lo hondo de nuestro imaginario. Parturientas del verso infinito, provistas de una imaginación iluminada, rimaban en asonancias o consonancias, según el caso, sus universos telúricos, fuera en verso o en prosa poética.

Damarys González, de Carayaca no les va a la zaga. Sin darse cuenta, ella también es heredera de ese venero barroco que se transmuta en mil policromías y que no escatimamos en remontar, filialmente, al lenguaje de un Góngora, una Sor Juana Inés, un Lezama Lima, un Gerbasi.

Solo que Damarys parece nutrirse de fuentes distintas a las de aquellas poetas; fuentes —digo yo— menos literarias y más vinculadas a la vida cotidiana o a disciplinas como el arte, por más que un dejo de salvajismo recorra sus páginas para advertirnos del riesgo en que incurrimos al leerlas.

El libro Mariposas en el suelo, el primero de una trilogía que redactó Damarys González, y que permanecía inédita, sin encontrar editores, es como una heráldica de los estados larvarios o un escudo verbal para anunciar el laberinto sin bordes que, paso a paso, se abre entre los meollos del lenguaje y los hilos de agua, a cada lado de esta escritura, como un caudal de palabras en el que la diversidad de especies ecológicas y de desechos urbanos, al mezclarse en la visión del poema, dan la impresión de un vasto tapiz vegetal, a ras del cual, cómo émbolos o artefactos desechados, sobresalen follajes, andamios, huesecillos, redes, hojas, bejucos, cáscaras, hierros retorcidos, contra el telón de fondo de un teatro abandonado.

La poesía de Damarys González es como un diario de vida construido con todos los residuos que se van acumulando en la memoria. Es un itinerario de imágenes en donde el sujeto de las cosas fluye rápida y automáticamente, como agua de manantial, mientras ella escribe y toma nota no solo de lo que pasa por su mente, sino también de lo que mimetiza o se mezcla minuciosamente en su imaginación.

Alucinaciones y datos concretos pasan enfrente en la página abierta donde relumbra siempre una arruga de sol. Todo sirve aquí de argumento para componer un diario sin ego, en el cual el papel del hablante ha sido trasportado a los detalles de las cosas entretejidas, a un paisaje en estado de ebullición, contaminado o puro, pero que se resiste a la extinción mientras nos muestra por todos lados los milagros de la civilización pero también las metamorfosis del daño que le hemos causado. La minucia de todo esto es cantada por Damarys en una especie de oda plana que hubiese sido arrollada por un tractor. El elemento visual está en todas partes y no pocas veces lo seguimos a lo largo del desenfrenado viaje a la memoria a que ella nos invita, como diciéndonos: «Naturalmente, hay cosas que podemos mejorar».

EL sentimiento del vínculo que nos une a la naturaleza parace aquí el más fuerte que la autora experimenta cuando arma un intrincado andamiajes en el que todas las partes del discurso tienen igual peso al conjugarse con la materia verbal para formar un contínuum verbal que, de retícula en retícula, va juntado la trama del lenguaje y nuestros sentidos, en una especie de friso ambulante.

¿De dónde emergen formalmente hablando los referentes de la poesía de Damarys González? Todo parece encontrarse más en el estudio y práctica de disciplinas como las artes visuales que en lecturas literarias o en la laboriosa erudición. Para comprobarlo basta observar las continuas alusiones que la autora hace a las artes gráficas, el dibujo y a las mutaciones que el lenguaje visual opera cuando los recursos del arte son empleados para ayudar a redactar largos poemas en forma de lienzos ecológicos, que parecieran pintados a mano, al tiempo que se despliegan antes nuestros ojos fusionándose con el paisaje surrealista que crece imparablemente alrededor.

 

Título: Mariposas en el suelo

Autora: Damarys González

Año: 2014

Editorial: El perro y la rana

Imagen de portada: Fractal por decalcomanía, poceso viscoso, 2000, de Andrea Calzadilla

 

Damarys González (Caracas, 1973)

Artista plástico y poeta. Licenciada en Artes Plásticas, mención Pintura en el Instituo Universitario de Estudios Superiores de Artes Plásticas Armando Reverón (Iuesapar, 2004). Es miembro del grupo literario Nosotros, de la Casa de Poesía de Vargas «Juan José Breca». Actualmente es docente en la Escuela Técnica Robinsoniana de Arte «Voces de Carayaca». Ha dictado talleres de sensibilización literaria. Ha participado en recitales comunitarios de poesía y en varias oportunidades en el Festival Mundial de Poesía de Caracas. Ha publicado en colectivo varios números de la revista literaria Estelas.

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Publicado en Puntos de vista.

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