Juan Calzadilla. La escritura interminable de una ciudad, por José Gregorio Vásquez

Juan Calzadilla. La escritura interminable de una ciudad

José Gregorio Vásquez

 

Hubo una época en que nos propusimos hacer obras de arte con la gente. Queríamos que todo individuo materializara su presencia en el mundo como una forma de arte que consistiera en él mismo.

J.C.

La condición urbana

 

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… yo me conformaría, por decir lo menos, con sentarme a la belleza a mi lado

y quedar con las manos y las rodillas libres

para, si me viera acosado, emprender cuanto antes la fuga.

J.C.

Juan Calzadilla (Altagracia de Orituco, 1931), nos entrega en este nuevo libro publicado por Acirema: La condición urbana (2019), no solo su visión de la ciudad, sino su testamento en ella, la ofrenda de un hombre en años que observa detenido el paso del tiempo en ella. El aire que emanan sus calles, las voces que sacuden la noche, las horas que acarician el alba. Los pasos que no damos cuando ya cansados regresamos a casa sin haber visto la verdadera ciudad que nos acompaña. La ciudad es siempre la misma

—nos dice Cavafis— otra no busques -no la hay

 

EN LA CIUDAD YA NI LA CIUDAD MISMA ENTRA

 

En esta ciudad ya no cabe más gente.

Por poco las plazas como globos revientan.

La ciudad como si fuera un difunto va en hombros de sus gentes.

En la calle ya ni la calle misma entra.

Ni un alma más cabe en los medios de transporte. Los matarifes y los asesinos están de pláceme pues la verdad y la mentira están

hasta el tope viendo que de ellas todos hacen sopa. Para ti también la medida está colmada.

Pobre de ti, ay, que sientes que tu vida

no es como una suma, sino como una resta.

Y después que no me digan que no vivimos en crisis.

 

Juan nos sigue anotando en el papel el poema que necesitamos, el canto secreto de nuestra ofrenda a los días que nos aguardan. Un poeta en esta ciudad nos lleva de la mano por el abismo, por la calle ciega, por la holgura de la noche, por el secreto del murmullo de un amanecer, por el recuerdo, la vieja casa de la aldea ahora vigilada en el olvido, por la música que sacude la calle largar y tormentosa. Un poeta como Juan nos ha sabido llevar a cuestas por estas poéticas para que aprendamos a ver la ciudad, la impostergable ciudad que nos desdibuja cotidianamente.

 

Acirema ha puesto en nuestras manos esta ciudad del poeta, en ella ha desafiado al poema para que diga poesía. Juan nos dedica con la misma intensidad de su obra un libro que es una ciudad en llamas que él ha sabido desafiar: apacible en apariencia y tormentosa, revuelta, agitada por el bullicio, inclemente, lúcida y por momentos nefasta, aciaga y venenosa. Solo en los lugares de la diferencia el poema puede habitar y Juan nos ha sabido leer esa diferencia y decir sacando de sus calles el negro olvido, la palabra reseca por el dolor, la hora despojada de la mentira; en fin, es el poeta el que nos apresura en sus páginas para que con él podamos entrar a esa ciudad que canta, que añora, que sacude, que odia… y al hacerlo poder obtener algo de esa condición urbana: vivir protegidos o no por el cielo de sus esplendores, dormir protegido o no por el ruido sofocante de sus amaneceres.

 

CONEXIONES DE ARCILLA

En esta ciudad sólo hay muelles de sombra para partir a medianoche. Sólo hay claraboyas apagadas para mirar desde la boca de los túneles. En esta ciudad sólo hay

camino para las cintas de las avenidas y grúas de juguete que describen saltos mortales a mediodía.

Sólo hay el smog espeso del cielo para echar nuestros barcos de almagre y conexiones circulares para dirigirnos

al centro de arcilla. Puertas que confunden sus goznes al cerrarse desde afuera y postes sin raíces que juegan a mezclar la esperma de sus señales con el faro

de las rutas ultramarinas. Hay rines de llanta negra que suenan a medianoche con el alarido de los perros. En esta ciudad donde el ascenso a la luz nos ha sido otorgado en los cubos de viajar siempre hacia abajo.

 

Juan nos descubre en esta ciudad del poema. La trae para decirla toda. Para gritarla silenciosamente. Para olvidarla muy a pesar de sus espinas. Para pasarla de largo sabiéndonos en ella. Esta es la ciudad de siempre, nos dice el poeta. La de ayer, la de mañana, la de hoy apostada en el olvido. Deambulo por esa ciudad desde hace 40 años -dice Juan- ella lo sabe, y si no sabe no deja de tenerlo presente: menos mal, porque presencia aquí es dolor, es daño lacerante, es quiebre, es locura, es grito, es trago amargo, y paradójicamente es espejo, luz, secreto, metáfora de la vida, memoria de pasado, anhelo, ilusión, golpe en la mejilla, marca en los ojos que nada pueden ya.

 

La ciudad siempre es la que nos abisma, nos sacude, nos da giros imprevistos en el instante, nos duele, nos hace daño, nos sofoca hasta hundirnos por completo en el asfalto. En este libro está la hora de esta ciudad que pasa gritando incansable por las páginas para que otros también la escuchen al leerla.

 

Ya no podemos oírnos en ella. No tenemos memoria en ella que nos encuentre. Todo aquí es afrenta: brillo oscuro que la noche arrastra y condena. La ciudad hace que nos escondamos. En ella nos acomodamos en un rincón otro de la vida. Al andarla vamos recogiendo, cual mendigo ausente, trozos de el papel, que una ciudad tan desigual y deforme nos regala para decir la condición de transeúnte que nos distingue, de hijos herederos de las calles, de seguidores de sonidos impuros que aún no dicen nada, de gritos estrepitosos que sacuden la página que intenta decir un poema en ella, y al hacerlo, nos estaciona en ese misterio envuelto de bilis oscura.

 

El poeta nos dice que la ciudad pide un tiempo, también algunas palabras. Ella nos pide silencios impostergables. Pide diálogos inconclusos. Pide protecciones para el cuerpo. Todos sabemos que el cuerpo se precipita en el abismo de cada día. Y es el poeta el que viaja así por otro Aqueronte, quizás más bullicioso, inesperado, sabiendo que su viaje lleva la misma promesa: el poema; encontrar el poema, decir el poema, cantar el poema, sufrir el poema, envolverlo en el papel aciago de la vida. Sonarlo en la página del olvido, en la memoria de un día ante el tormento de los ruidos infatigables de una ciudad, de esta ciudad.

 

El poeta carga con su destino a cuestas. Lo lleva como armadura ante el alborozo que contagia su palabra, la misma que también se ha visto sacudida por el sufrimiento, por la amargura, por la desilusión y el abandono. Es la fría intemperie de la triste realidad. La fría locura de la agonía en medio de la calle. La fría presencia de la soledad en medio de tanto ruido y suciedad. ¿Cuándo llega el poeta con la armadura que corroe al cuerpo para entrar a la ciudad que se ha prometido? ¿Cuándo se arrastra hasta él la palabra que se precipita en el abandono y cae en el papel para decir ciudad, calle, noche, luciérnaga olvidada, abalorio salvaje, taumaturgo o sencillamente poeta?

 

En este libro de Juan la palabra deambula por la página buscándose. Busca decirse Juan, busca decirse citadino, busca arrancarse de la piel el furor de sus calles, busca acallar ese silencio hiriente para volverlo palabra cotidiana. Quiere un lugar para el reposo. Una casa, una calle, un pequeño rincón para el acomodo. El poeta ha salido por entre las aceras a buscarse. El ruido de la ciudad, la noche humillada, su eclosión silenciosa lo acompañan.

 

Así, el poema se desnuda, se viste, sale de compras, camina por las calles que se desgastan de tantos transeúntes; recorre las vitrinas de la ciudad adormecida. Todo en él es forma, es color, es olor, es perfume barato y en ocasiones fetidez, hedor, peste en la suela de los zapatos, porque nada hay detrás de los aromas o nada de aromas detrás del poema que el poeta no pueda sentir o ver.

 

Todos en este momento andan buscando las estanterías en las ciudades ya imaginarias que venden la ilusión del día venturoso. El poema anda protegido, cree que alguien lo está siguiendo. Mira a todas partes, sabe que ese alguien lo está siguiendo de verdad. Sube incansable las escaleras de la casa. Ha dejado la ciudad ahí despojada, se recluye en un pequeño apartamento, se esconde en él, se silencia, se olvida de la calle, de su olor, de su abandono. Regresa cansado a su pequeño abismo. Sabe que hallará nada en la nada que se exhibe, que encontrará vacío el diálogo imaginario que pretende conservar como suvenir; algún día lo podrá cambiar por algo más: la palabra lo espera, lo acompaña, lo hace dormir.

 

El poema sale por las muchas calles. No sabe a dónde ir, pero irá. Sabe que debe ir a buscar la fascinación del olvido o la belleza efímera del instante; sabe que anhela, aunque consciente de ello, el lujo, la inigualable sensación de exhibirse ante los otros porque mañana seguramente aparecerá en una nota de las páginas sociales que esperan de él algo cada día. El poema tiene dominio de sí. Se avoca a la página, trae todo lo visto, lo oído, lo callado. El poeta anda a ciegas por las calles que conducen a la agonía. Al poema no le queda de otra manera; ya en la ciudad todo se vuelve afrenta.

 

El poema visita todos estos rincones. Dice estar atento de ir y venir por las distintas horas de este día enfurecido. Dice además que debe ir porque necesita de los cuidados diarios de su apariencia. Sabe que es su mundo éste el de ahora, que nada debe prometerse para un mañana, el mañana es para aquellos que viven contagiados en el gran anhelo de seguir la vida con ilusiones. Él en cambio no se promete nada, se alienta de no saber sino de este día movedizo.

 

LA DERROTA

Siempre estaba listo para librar la batalla en otra parte, no en él mismo. En definitiva en el espacio más conveniente a las tácticas

del otro y, hasta si se quiere, en el terreno elegido por éste. Él sabía que todas las batallas donde

se pone en juego el resto son a muerte, incluso las que no se libran, pero si no le había sido dado escoger entre la lucha corporal

y el armisticio, ¿cómo no haber pensado que hubiera podido al menos elegir el lugar

del combate? Pero también este recurso le fue negado. Y no por el contendor, quien confiaba ya en su triunfo, aún antes de alistarse,

sino por él mismo. ¡Si hubiera podido disponer de su vida como de un arma filosa!

¡Si hubiera sabido que su existencia era el cuartel

en disputa! Porque había que pegar duro con los cuerpos. Y esto tampoco él lo sabía.

 

Al poeta en este tiempo le ha sido dada la tarea del taumaturgo. Sale a la calle. Regresa con todo a cuestas. Trae al papel los residuos de todo aquello que ha encontrado. El papel se tiñe de tintas dudosas muchas veces y es porque lo que está en la calle ya es dudoso para el poeta. Sin embargo, el poeta vela porque cada línea diga lo real de la condición humana, de la mísera condición del cada día en la tragedia que explora las 24 horas de cualquier transeúnte.

 

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EL ESPÉCIMEN DENTRO DEL CUAL ANDO

 

Mientras camino me vuelvo real en el espacio que mi cuerpo llena, y me hago evidente como una interrogante que marcha o, con más exactitud, como una palabra ensamblada a duras penas sobre el eje trunco de

mis dos piernas.

 

Entiéndase bien. Sucede que trato de ser apto, se trata de que existo modelado por las cifras de mi nombre

y de que, en consecuencia, no me opongo a ser clasificado en un género que, por cuanto se mueve, avanza, retrocede, danza, cavila, come, gesticula, regurgita,

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a veces no deja duda alguna acerca de mi parentesco con un espécimen humano. Cuerpo en trance de curvarse, triste, zigzagueante, que va seguido por sí mismo como el sonido detrás de la campana: cuerpo excavado por su contorno sobre el muro ciego que me ha sido reservado pero cuya presencia, en todo caso, marcha a la deriva de la comprobación por la cual, un instante después, ya no será más mi cuerpo.

 

Qué dice la piel en el poema. Qué despierta. El tiempo ha hecho mella en el destino de la palabra negándole muchas veces su auténtica sonoridad. En el ámbito de la poesía encontramos escondido el significado puro que la aviva. Cuando se trata de volver a un lugar recóndito, poco explorado, poco dicho, entonces el poema se sacude y vuelve al lugar de lo prometido. La antigua y forzada nostalgia de los que no encuentran en la palabra su espejo.

 

En la obra de Juan el cuerpo deambula así en la palabra sin encontrar lugar para decirse. Dice la ciudad y al decírsela se la expresa a sí mismo sintiéndola, avivándola, sufriéndola. El poeta esta en la piel de cada calle. Está ahí como en la sombra. Es lo íntimo lo que se ha exiliado del poema. Su forma física pernocta en la página, se busca abisal en la metáfora que el poeta guarda. Es la ilusión de esta paradoja inconmensurable la que nos permite adentrarnos en algunas reflexiones esenciales para ver el lugar de la palabra y el lugar de lo corpóreo en el poema. Cuerpo hecho de lenguajes y cuerpo hecho de silencios. Cuerpo hecho de retazos y de sombras. Juan viaja entre ese decir y callar. Cuando acalla lo que sufre, la agonía del vivir, silencia todo aquello que lleva como carga a cuestas en la vida. Hay obras en la poesía venezolana que negaron espacio a lo íntimo. La intimidad no solo es la del alma, también es la del cuerpo y sus avatares en el mundo cotidiano. La naturaleza secreta de la piel en la palabra llana no aparece con esplendor en otras obras. Juan Calzadilla nos ha sabido meter en la página de su escritura para decirnos en ella sencilla y transparente la vida cotidiana. Andar y desandar en las horas de una ciudad.

 

La metáfora del cuerpo vulnerado por la agotada y recurrente agonía de la derrota cotidiana -pues también la hay en abundancia- nos permite entrar en la noche aciaga y la oscuridad desmedida que el poema abre cuando camina por la calle de esta ciudad. Cada poema en La condición urbana testimonia la

 

agonía, el dolor, la pena, el secreto, la ausencia. En ellos la piel se esconde, se abisma, busca reposo en la imagen para decir desde lo lejano aquello que anda en la mudez.

 

 

La escritura de Juan Calzadilla

ESTE MONSTRUO, LA CIUDAD

 

Este monstruo te tiene en el firmamento de su boca. Te modela, te reabsorbe como el papel secante. Ah, crece

a costa de excavar

bajo el suelo fino de tus párpados. Te vigila Alimenta la opacidad triste de tus sueños Te habita por dentro. Te viene con cuentos y ladra en ti tan pronto descubre

que tus argumentos son los mismos del perro.

 

El lado que la poesía guarda para el tiempo está protegido en la palabra que el poeta ha arrancado de su piel, de su alma, de su silencio, de su afán por volver material el sonido y llevarlo al papel impuro de la vida: en esa afrenta se lleva todos los años, se deja hasta el olvido, se adviene desgarrándose por dentro hasta que la palabra pueda llegar de nuevo a sus antiguas formas, para así poder escribirla, y poder decirla, y poder cantarla al aire otro de sus años: tarea enorme y desafiante la del poeta en este ahora amarrado como está a las pequeñas penurias que el poema en sus distintas caras causa en el silencio.

 

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Otro lado de la poesía se queda ahí, bajo otras casi infinitas grafías, o bajo otros sonidos distantes del garabato que empuña la mano para hacer un lenguaje que nos arrancamos en la batalla cotidiana, un lenguaje que traemos del suplicio titánico ante el papel como recompensa fallida: la alquimia queda ahí atrapada para volverse luego poema, poesía en el secreto instante del decir y el hacer de una vida. Un lado de sincero misterio y de sencilla escritura se protege en esas distintas formas que el poeta enciende calladamente bajo la mano de sus años. Así va quedando dibujado un horizonte tembloroso en las palabras, en la voz cuarteada, en las manos ya arrugadas por las nuevas intemperies.

 

Estamos aquí ante un poeta que ha entrado en esos distintos lados de la expresión poética, como quien entra protegido al secreto de la antigua y renovada caverna; uno que ha sabido proteger ese lado a veces inquietante, otras, secreto y, muchas otras, desafiante de la palabra heredada y de la palabra tallada en el nuevo arco de la vida.

 

MÁSCARA DE LATÓN

En la ciudad resuelvo llevar una máscara de latón.

Qué tal si, por el contrario, es una forma de quedar bien ante el público

que me rechaza con la rapidez de la flecha clavada en el blanco.

Qué tal si lo inesperado es siempre lo que se espera.

Qué tal si mi salud externa

trasluce bajo su coraza a un espíritu débil apto para desmoronarse a las primeras.

Qué tal si mis dudas se tejen con prisa

alrededor de la soga que me saca de preocupaciones

¿Qué tal si el arrojo fuera la parte del amago que en mí

no alcanza a dar la cara?

 

Estamos aquí ante este poeta, ensayista, narrador de breves ficciones, hacedor de formas y de imágenes, artista cabal y legítimo, donde se preservan los signos de un verdadero polígrafo: todo él está en su nombre y en sus años creadores. Estamos aquí ante Juan Calzadilla, laborioso hacedor de misterios, de formas del lenguaje, de sonidos, de silencios, de líneas tenues para encender el despiadado instante de cada palabra. Él pertenece a esa página reescrita, dibujada, tatuada en la memoria de un país que nos ha legado nombres, voces, recuerdos, poemas, enigmas, dolores, fracturas en el papel aciago del tiempo. Él ha sabido traernos de esos años lo más genuino, aquello que despierta en el arte y en la vida. De su antigua Altagracia vienen las palabras de arraigo, protectoras, llenas de memoria, esas con las que se defiende ante la ciudad imponente ya no de techos rojos. De esa herencia vienen sus primeros libros, sus Primeros poemas, La torre de los pájaros y Los herbarios rojos (de 1954 a 1958). Libros marcados por el aire de un paisaje hundido en la tierra del recuerdo, en la magia de la tierra adentro, en el sigilo de las palabras al nacer. Su voz entra en la poesía venezolana con los fundamentos de una tradición que comienza en el siglo XIX bajo el aura de la obra de Andrés Bello y llega en Venezuela hasta la noche toda de Vicente Gerbasi. Es justamente con él poeta de Canoabo con quien abre las páginas de sus primeros poemas. Los cielos estrellados, las praderas, los naufragios, los mediodías eclipsados por la palabra verde y sonora de la inmensidad del paisaje puro y misterioso de nuestra geografía nacional. Su voz se va hacia atrás, se desdibuja en la memoria, se reencuentra en su fortaleza y se adviene con todos los heraldos que da la vida para entrar con fuerza y con furia a una época que va a trastocar no solo la vida de un país, sino la obra de ese país.

 

Venezuela se enfrenta consigo misma, se busca en sus voces, en sus abigarrados dolores antiguos y sale airosa, aunque la sangre atormente su victoria. La sangre corre como los ríos caudalosos de una tierra que los pare, los amamanta y los llena de furia a cada instante. Así la obra de Juan Calzadilla da paso a una escritura que se busca incansable y se va dibujando y desdibujando para hallarse en sus solas formas más íntimas. Comienzan los años 60 en un país que ya está atormentado por el dolor y por la derrota. Años de trágica envoltura que hacen que los creadores, los artistas, los hacedores de palabras gesten desde el dolor y la furia las poéticas más singulares que se dan en el país.

 

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Venezuela venía protegida por un aura de verdes palabras que llegan hasta el cemento impuro de las ciudades. La poesía venezolana experimenta los aires más cargados de la vanguardia y de ellos aparecen los grupos literarios que darán armonía en la intrincada batalla de un país en asedio. Así Sardio (1958), Tabla redonda (1959) y El techo de la ballena (1961) darán forma definida de unas poéticas singulares para nuestra tradición escrituraria. Con la magia y la venturosa irreverencia del Techo de la Ballena conformado por Adriano González León, Edmundo Aray, Carlos Contramaestre, Caupolicán Ovalles, Daniel González, Juan Calzadilla, Francisco Pérez Perdomo, Dámaso Ogaz, Juan Antonio Vasco, Alberto Brandt, Rodolfo Izaguirre, Hugo Batista, Salvador Garmendia, Ramón Palomares, Rafael Cadenas… entre otros, veremos una producción singular que dará a la literatura venezolana obras tan particulares como

¿Duerme usted, señor presidente de Caupolicán Ovalles (1962), Dictado por la jauría de Juan calzadilla (1962), Asfalto Infierno de Adriano González León (1963) o Los venenos fieles de Francisco Pérez Perdomo (1963). Estas y otras obras de este momento hechas por la revolucionaria mirada de este grupo hicieron posible que la mirada de la literatura venezolana y sus temas se volcaran en adelante hacia unas señales más cercanas con las modernidades de la América Latina. Luego vendrían obras que le dieron un espacio a este tiempo en otros horizontes como Los pequeños seres de Salvador Garmendia o País portátil de Adriano González León.

 

El techo de la ballena hizo un diálogo necesario con la tradición poética de las vanguardias latinoamericanas. Él, nos comenta Juan en su libro El nadaísmo y El Techo de la Ballena, 2016: fue “… una agrupación sui géneris, o si se quiere, una máquina anómala, anárquica sin precedentes en la historia de nuestra literatura.” “…No fue un grupo en el sentido generacional…; fue más bien un movimiento que reunía a actores disímiles, casi todos con obra cumplida o comenzada para el momento en que se constituyó un grupo integrado por narradores, pintores y poetas quienes a su vez procedían de otras agrupaciones o que llegaron a coincidir menos en principios que en la necesidad de asumir un duco compromiso fáctico.” Aquí arranca una nueva página en la obra de Juan Calzadilla, arranca de la furia, de la tormenta que causa el humo aciago de la dictadura de Pérez Jiménez (1948-1958). Ya no estará la vieja fortaleza de Don Rómulo Gallegos impulsando lo que sería el anhelo de una transformación en el país.

 

El desenfado de las formas 

Dictado por la jauría (1962) de Juan Calzadilla es el comienzo de un nuevo destino de su obra y que va desde este este libro emblemático hasta finales de los años 70´. La página pasa al lugar de la afrenta y a develar la triste condición de un artista en este momento. En la presentación de Dictado por la Jauría que hiciera para el año 62 Edmundo Aray nos ajusta las palabras para decir que debemos entender (en este tiempo) “… que el poeta o el guachimán, es lo mismo, ha sido convertido en ave de rapiña, arrojado a todas partes, arrojado del sueño, sentado como Jonás sobre un barril de pólvora… Hombre tendido para la venta pública, con riguroso valor de cambio, hombre vaciado como un ojo bajo una impostura, hombre impostura… Espectador a quien el muro endurece para siempre, espectador en la selva urbana, espectador con su alegría cifrada por los despojos de miseria, funcionario privado del sueño, ¡arma peligrosa!…”. Una poética que descarna la vida cotidiana para entrar en ella y caminar con ella por el desamparo. Lo banal se ha tragado lo humano, ha desecho el papel del hombre en su momento singular de creación. Lo que lo suplanta no es sino la ráfaga de incertidumbres y penas que lo llevan al olvido como quizás el único lugar donde no se destruye la página guardada y la palabra teñida de dolor para el constante comienzo.

 

Todos somos el arte –nos revela Juan–, de allí proviene la cita con la que comenzamos. Y prosigue –este es un fragmento de una entrevista que le hiciera Larry Mejía recientemente–: la traigo de nuevo por la importancia que sostuvo para ese momento donde calaba de nuevo esa poética en su obra:

 

Hubo una época en que nos propusimos hacer obras de arte con la gente. Queríamos que todo individuo materializara su presencia en el mundo como una forma de arte que consistiera en él mismo.

 

“Este texto sintonizó una visión atípica de la ciudad que siempre estuvo presente en mis escritos a partir de la lectura de Duchamp. La ciudad, en mis primeros años de vida en Caracas, estaba demasiado monstruosamente impresa en mi mente como para evitar que no se transmutara en todo lo que de ella se reflejaba en mi imaginario, desde la huella de los disparos en el muro hasta el vómito negro de los perros. Y un día explotó en ese librejo que se llamó Dictado por la jauría, fiel prontuario de la conjura que la ciudad había armado, con toda su maquinaria de guerra, contra el ciudadano común. De modo que todo lo que de la ciudad se prestaba a ser puesto en versos irreverentes parecía óptimo para ser considerado en adelante poesía”.

 

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Esta poética de la ciudad no tiene su comienzo en 1962. Ya en 1953 Juan Calzadilla escribía un poema titulado Ciudad –podemos llamarlo fundacional en su obra– que nos permite visitar el ethos particular que identifica su espíritu creador en torno a la bulliciosa permanencia de este intricado horizonte:

CIUDAD

Alrededor te tengo, me tienes somos el uno en el otro la partida y el regreso fijos en el centro del sendero El sol blanco que para reconciliarse

ensaya dibujar signos cabalísticos en mis sienes El cordel negro que roe la base de las alcantarillas El dado de la memoria que gira y gira

Soy Somos Eres el hecho en sí La cosa que nada en grande El ir y el venir suspendidos

en el punto donde nunca se comienza.

 

 

Luego de ese hito literario de su obra con Dictado por la jauría viene los libros Malos modales (1962), Las contradicciones sobrenaturales (1967), Ciudadano sin fin (1970), Manual de extraños (1975), Oh Smog, (1977). Años y obras que se meden hondo en el tema vivo de las prisiones invisibles que se enredan en las avenidas de la vida. Los años 80 y 90 abren otros caminos para la obra de Juan. Se presenta con los libros Tácticas de vigía (1982), Una cáscara de cierto espesor (1985), Diaria para una poesía mínima (1986), Cuerpos escritos a mano (1988), Aproximaciones a un decir siempre aplazado (1990), Tema para el próximo silbido (1990), Curso corriente (1992), Minimales (1993), El fulgor y la oquedad (1994), Principios de urbanidad (1997), Corpolario (1999), Diario sin sujeto (1999). En un breve recorrido, aquí por la premura, vemos una constante tarea del poeta por decir desde el lugar del diario su poema, su

 

espesor, su paradoja, la declaración del instante donde todos, o casi todos estamos perdiendo la libertad para ir y venir sin partida alguna.

 

ÍTACA

Es más fácil llegar para el que está dentro que para el que viene de afuera.

No es menester que avance andando lentamente

o a la carrera, que sepa la dirección o que la averigüe.

Ni que dé muestras de estar llegando, liviano o exhausto, a campo traviesa, por avenidas, bosques o encrucijadas. No importa el medio de transporte, lento o acelerado,

ni la velocidad a que hace el camino ni el paso de las horas.

Bien enterado del sitio, no necesitará cruzar la calle

ni abrir la puerta para informar, como Ulises, que ha llegado.

Y para que, dentro, en el hogar estén junto a él convocados, al calor del fuego, unos brazos, unos labios, unas miradas.

Bastará con que esté en su casa para saber en ese mismo momento

que sin necesidad de venir de afuera, ya ha llegado,

ya ha llegado.

 

 

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El poeta así canta en ese papel, dibuja en nuevas palabras las palabras de ayer, las palabras de hoy: todas venidas del tiempo, y con ellas celebra en la despedida del alba lo que ahonda desde la noche en su alma. Su fatigada estancia entre nosotros nos abandona de la misma manera que el sol abandona la piedra del día para hacerse noche y cobijar de misterio la otra cara de la triste realidad que el poeta ha decantado durante su agónico caminar entre nosotros. Quizás porque el poeta ha sentido que su reposo es de fuego puro y su aquietamiento es de tribulación y desvelo. Un poeta es por naturaleza, aunque nada lo defina o nada lo ubique ni lo establezca, un ser monótono, con una vida en la lenta pausa de las horas, con muchas experiencias, y quizás pocas, ya que las suyas muchas veces apagadas u ocultas en la vaguedad de la mordedura que causa la palabra venida de lejos, de la memoria, del olvido, del ensueño, reinan el secreto del poema.

 

Al desdibujarnos en la poesía o en la vida, en la tranquilidad o en la terquedad del sueño o del destino, el poeta representa para nosotros otra posible vida. En la obra de Juan Calzadilla vemos al artista como crítico severo de lo cotidiano: un hombre que trasiega la ciudad que lo ha extraviado en sus misterios para protegerlo y llevarlo a otros lugares menos abismales, y quizás, más abisales porque desde allí encuentra eco su poesía.

 

En los 2000 su obra se presenta con los libros: Notario al garete (2000), Aforemas (2004), Protofixiones (2005), Lecciones de carpintería (2005), Manual para inconformistas (2005), Libro de las poéticas (2006), Vida de armas (2007), Ecólogo de día feriado (2007), Fuego informal (2012), Retrato de un artista moderno (2013), Musa de asfalto (2016), Golpes de Pala (2016), Trozos de un diario descosido, males mínimos (2017), y una enorme serie de antologías donde destacan las publicadas por Biblioteca Ayacucho-Fundarte, Monte Ávila Editores, la del Premio León de Greiff al merito literario, la propuesta de su poesía Incompleta elaborada para Colombia por el entusiasmo y el fervor de las Ediciones Cosa Nostra e Inside, indeleble poesía en el año 2017, bajo la selección de Larry Mejía y ahora su más reciente este libro sobre la ciudad que publica Acirema 2019.

 

El día despierta con las palabras: quizás las no pronunciadas, sino aquella que vuelcan el camino de un silencio atado a la noche, que se arrastra sutil y secretamente desde el alba hasta el despertar paulatino de las voces que las habitan. El poeta amanece ante la forma de las palabras para darle cabida a sus propias formas: un manojo de atadas realidades venidas del sueño, del recuerdo, del olvido, de los sonidos que ya no habitan la palabra ni merodean la página en blanco con tinta opaca.

 

Aquí está Juan, a una esquina de este día, a una hora de la llegada y la partida del poema. Espera el nuevo impulso que le dan las tintas secretas de su creación.

 

Su voz, aunque conocida, es una voz que queremos y necesitamos seguir escuchando, pues de ella nace la forma y la palabra, el silencio del pincel y la figura, el sonido puro de un secreto hecho de tinta incandescente. El impulso que nos ofrendan sus obras es para nosotros hoy primordial.

El desasimiento de la vida y el espíritu o cómo recibir Golpes de pala en manos de Juan Calzadilla, por Jenifeer Gugliotta
La indisciplina multidisciplinaria de Juan Calzadilla: Una biografía en progreso, por Israel Ortega Oropeza
Publicado en Ante la crítica.

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