Paisajes de Manuel Espinoza

MANUEL  ESPINOZA: PAISAJES RAIGALES

Juan Calzadilla

I

Abordar la pintura de Manuel Espinoza exclusivamente para comentar su obra reciente implica dejar por fuera la compleja labor de quien, ... 

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Juan Lovera, por Juan Calzadilla

Este artículo hace justicia a  Juan Lovera, de origen mestizo,  retratista del último periodo colonial  y desafecto a la causa del Rey, cuyas pinturas consagradas al 19 de abril de 1810 y el 5 de Julio de 1811 hacen de él  el primer historiador de la pintura venezolana.

JUAN LOVERA

Juan Calzadilla

El tumulto del 19 de abril de 1810 (1835)

Juan Lovera, el más notable de los artistas venezolanos del primer período republicano, nació en Caracas en 1778; ... 

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Ética y objetividad en la crítica de arte         

Para la comprensión del papel que debería cumplir la crítica
en la formación del arte habría que pasar por su ejercicio y práctica, cuestión nada fácil sin una voluntad expresa, continua y diligente que lo asuma como un reto.. Entérese por este artículo de las recomendaciones que, en cuanto al aprendizaje más elemental  de la crítica de arte nos da el  autor de este artículo:
«A fin de cuenta,  no existe una crítica  estática  y objetiva ni definitiva. Sino una crítica creíble. La verdad que  se puede expresar  en ella es relativa pues el contenido del  conocimiento artístico  es dinámico y se modifica con cada época; los puntos de vista  sin los cuales no hay exposición ni valoración crítica de  las obras son también relativos. La crítica es un núcleo lógico sin bordes precisos, que fluye del ente de la obra a la cambiante realidad que modifica  sus valores. Ninguna crítica lo dice todo acerca de  una obra en términos absolutos». Juan Calzadilla.

ÉTICA Y OBJETIVIDAD EN LA CRÍTICA DE ARTE

 Juan Calzadilla

Introducción

En el origen de la crítica de arte está siempre el interés que despiertan en nosotros las obras de arte. Se trata ... 

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El movimiento de la nueva figuración

Poco se ha reparado últimamente en la importancia que tuvo  una corriente artística surgida a contracorriente del abstraccionismo geométrico  a fines de los años 50, cuando estuvo de moda el Salón Oficial del MBA, en donde se reveló y dio a conocer un grupo de jóvenes pintores que, sin proponerse crear una escuela o movimiento y de espaldas al oficialismo,  lanzó los postulados de una arte figurativo  que ha seguido teniendo vigencia y continuadores: la nueva figuración. Sus principales  exponentes: Jacobo  Borges, Régulo Pérez, Luis Guevara Moreno y Manuel Espinoza dieron forma en Caracas a lo que desde entonces se consideró  un estilo beligerante, innovador, vitalista y contrapuesto a las formulaciones meramente decorativas y hegemónicas de la abstracción geométrica y del cinetismo.  Con el tiempo los partdarios de la tendencia fueron en aumento y sería  erróneo afirmar que el movimiento desapareció o ha perdido importancia, todo lo contrario.

EL MOVIMIENTO DE LA NUEVA FIGURACIÓN
Juan Calzadilla
Fuente: Compendio de las artes en Venezuela. 1982
La transición del realismo social a lo que se llamó nueva figuración fue uno paso importante en la evolución del arte venezolano. Es  cierto que la figuración durante la última mitad del siglo XX entronca parcialmente con la rica tradición realista de la pintura venezolana;  a la vez hay que referirse a la evolución que estas corrientes experimentarían  bajo la influencia del Expresionismo y el Fauvismo europeos a través del puente que representó la Escuela de Artes Plásticas de Caracas, a partir de 1936. Como en el abstraccionismo, también aquí  las formas del estilo tienden a subrayar el carácter internacional que define a las propuestas de los artistas venezolanos, propuestas siempre apoyadas en el concepto de pintura como lenguaje y rechazando los delineamientos americanistas del realismo social o del moderno arte mexicano que había influenciado a nuestros pintores venezolanos de los años 30 y 40. La figuración  en Venezuela ha tenido diversas fases y una de ellas ha sido estudiada más arriba cuando hablábamos del Taller Libre de Arte, cuya experiencia se caracterizó por el afán de los pintores de estudiar y fundir en sus obras las tendencias principales  de la Escuela de París. Hemos  hablado de la ruptura que  este estilo  representó frente al paisajismo.  La abstracción  y la figuración iban a convertirse en estilos rivales. Figurativos con inclinación a un eclecticismo en el que se expresaba por igual la nostalgia por los temas vernáculos en los cuales aquéllos se inspiraban y por las formas estilizadas del moderno arte, fueron  Francisco Narváez, Armando Barrios y Juan Vicente Fabbiani. El primero fue nuestro escultor más representativo de la primera mitad del siglo XX. En su pintura Narváez conservó una tendencia a la solidez concisa de las formas tratadas como volúmenes y un carácter fantasista en el dibujo y el color, con lo cual demostraba escasa disposición para trabajar del natural, no obstaste que este artista eligiera sus temas de la realidad venezolana. Una tendencia similar se encuentra en los comienzos de Armando Barrios, quien explotó las escenas folklóricas en sus primeras obras, en beneficio de un colorido armonioso y vivo y una estilización figurativa que serviría para enfatizar el ritmo ondulante de la composición. A Barrios lo encontraremos , en 1950, alineado con los abstractos venezolanos que residían en París. Desde 1955 fue retornando gradualmente al espacio  figurativo de donde, por progresiva síntesis de la forma humana, había partido.  Pero fue el suyo un figurativismo abordado por el espíritu abstracto al que echaba mano para enfatizar el carácter cada vez más sintético que fue adquiriendo su obra; el  ritmo lineal enlazaba los planos geométricos en una estructura en la que fondo y forma tenían la misma valencia. La musicalidad que hace de la pintura de Barrios una especie de partitura plástica se apoya en las sublimadas y lánguidas poses de sus figuras y retratos, trabajados con un colorido suave y formas planas resueltas con colores planos seccionados. Continuando la lección de Marcos Castillo, Juan Vicente Fabbiani llegó a definir un estilo figurativo de temática nativista y atmósferas rurales, recurriendo también, como Narváez, al motivo negroide y la reconstrucción folklórica, desarrollados en torno al paisaje barloventeño. Hay que distinguir entre una figuración basada directamente en la realidad cotidiana, sobre cuyos datos  inicia su trabajo el artista para quedar fiel en alguna medida a la observación del natural no modificado. Y una figuración imaginista  en la cual se presentan  formas identificables de la realidad aunque abstraídas de ésta mediante un proceso inventivo que las torna irreconocibles y universales. Ha sido esta última concepción  la que ha prevalecido en  la obra de nuestros figurativos contemporáneos. Han contribuido a que sea así, por una parte el desprestigio de la enseñanza tradicional  establecida sobre el principio de la observación directa de la naturaleza y, por otra, la tendencia autonomista del arte moderno, de acuerdo con la cual se considera que la obra de arte es una realidad en sí misma. Abstractos y figurativos de nuevo cuño han hecho empleo por igual de este derecho fundado en la voluntad y en el apego desmedido a la libertad, dando por resultado  una gran diversidad de tendencias y estilos. El Surrealismo, como hemos dicho ya, influyó en algunos de nuestros pintores, si bien no tuvo en Venezuela representantes del realismo mágico de la talla de Matta y Lam, ni tampoco su búsqueda pudo ser orientado hacia una propuesta de corte ortodoxo. Algunas individualidades como Oswaldo Vigas y Mateo Manaure explotaron el simbolismo  implícito en la expresión de contenidos oníricos  por la vía del inconsciente, según la propuesta del Surrealismo. En este sentido fue Mario Abreu quien llevó más lejos una búsqueda fundada en  el uso desenfado, primitivo y desmitificado de un instinto de gran colorista. Aunque la corriente más  imperativa de la figuración siguió el curso de la tradición, tal como puede verse, para dar un ejemplo, en Iván Petrovszky, cuya obra  pareciera emerger de un sedimento caricaturesco evidentemente comprometido  en la denuncia de la soledad triste y silenciosa del hombre de la ciudad. Pero estos ensayos figurativos alusivos, según el caso, al habitante urbano o a la vida campesina no lograron cohesionarse en lo que pudiéramos calificar como un movimiento renovador. A mediados de los cincuenta, y en el mismo contexto, no tardaron en surgir posiciones polémicas, siempre dispuestas a cuestionar el éxito y hubo una solicitud de compromiso social por parte de los seguidores de la nueva figuración  que los integrantes del grupo abstracto-geométrico, el más aferrado a las banderas del progreso, no estaban dispuestos a asumir, alegando que el verdadero compromiso del arte es con su propia evolución dialéctica. Las críticas vinieron también de un movimiento que tomaba algunos ingredientes del nuevo arte, especialmente del expresionismo abstracto y del pos-fauvismo de la Escuela de París:  sus integrantes eran jóvenes que habían hecho larga pasantía en París e Italia, algunos con militancia en el propio abstraccionismo geométrico. Cohesión de naturaleza política que dentro del  figurativismo encontramos por primera en el grupo de pintores que hacia 1957 reunió sus obras en una  muy comentada exposición-manifiesto celebrada en el Museo de Bellas Artes de Caracas. Allí estaban Luis Guevara Moreno (1926), Régulo Pérez (1928) y Jacobo Borges (1931), quienes acababan de regresar de Europa para tomar partido, en el  controvertido arte venezolano, por un figurativismo de signo crítico. Aquellos tres pintores, junto a Manuel Espinoza integrarían lo que se conoció como el movimiento de la Nueva figuración.  Y es significativo el hecho  de que estos artistas hayan rechazado adscribirse al arte puro, puesto que no concebían que pintar no involucrase en alguna medida el ejercicio de la crítica social y  el compromiso político,  al cual  los pintores abstractos renunciaban con el mismo alegre desprendimiento que los llevaba a elogiar el progreso arquitectónico. Los neofigurativos alegaban que era posible lograr una tratamiento original del tema humano a partir de un planteamiento investigativo del color teniendo como base la experiencia del abstraccionismo, siempre que pudiera superarse la antinomia realismo-abstracción.  En definitiva, se trataba  de producir un determinado efecto compulsivo utilizando un tema tomado de la realidad venezolana que estuviera subordinado  como pretexto de la obra a una estructura plástica elocuente por sí misma y a la que se dejaba todo el poder de la expresión. Luis Guevara Moreno se reveló como el más constructivo de los tres artistas mencionados. Partía de la revelación del color como materia activa para abordar telas de gran formato: los quiebres y facetamiento de la factura originaba una profunda interacción entre colorido, luminosidad  y dibujo gestual, mediante un empaste en grosor para el que empleaba la espátula sin sacrificar veladuras y transparencias; esta técnica contribuía a dar profundidad al cuadro. Escenas de la vida nacional, el toro y el caballo, la recreación de la historia patria, el paisaje campestre, más como resonancia del color que como ámbito, eran el fuerte de este pintor y artista gráfico. Régulo Pérez (1929) descomponía el cuadro en ritmos de planos acusados por una línea rápida y sintética; la perspectiva atmosférica era el plano mismo y la escena donde se agrupaban los personajes resultaba en extremo abreviada para recalcar la fuerza del color distribuido en zonas geométricas.  Como Guevara Moreno, Régulo Pérez tomaba el cuadro como medio para decir algo, no para narrar, de tal manera que lo dicho era la pintura misma. Régulo fue afirmando con los años el carácter comprometido de su arte y de la presentación de las cosas pasó a la acusación y la crítica, utilizando símbolos e imágenes deformadas del hombre, murciélagos y animales extraños. El dibujo incisivo lo lleva a la sátira y a la caricatura política. Por otra parte, contraponiendo el dibujo al color, llega a una simplificación extremadamente simbólica de sus temas en un lenguaje visual cada vez más desenfadado, que Régulo compromete en series temáticas, de un carácter a menudo provocador. En su última etapa se interesa por el tema de la ciudad, por Caracas más exactamente, y sus grandes símbolos: las autopistas, los grandes edificios, avenidas, descrito todo con una técnica cartelaria y brillante. En la obra de Régulo Pérez la pintura adquiere, por momentos, viso conceptual o irónico cuando se aboca a representar hechos corrientes, trascendentales o meramente políticos, que él interpreta con un lenguaje gráfico en el cual el dibujo rápido e incisivo se combina con los colores planos. Jacobo Borges (1931) estaba llamado a convertirse en el pintor figurativo de mayor influencia sobre las nuevas generaciones. Su evolución ha sido, sin embargo, lenta: rechazado sistemáticamente en los salones oficiales, logró imponerse en 1957 con una pintura alegórica: La Pesca, realizada dentro de una concepción de vitral, para consagrarse al dibujo bajo la influencia de José Luis Cuevas. Como dibujante tuvo un éxito extraordinario, al punto de que hay quienes estiman que es mejor dibujante que pintor. Su tendencia satírica, su actitud comprometida y el brutalismo de su expresión, lo llevaron a comienzos de los años 60 a un expresionismo pictórico que reveló, de paso sus cualidades de colorista sabio en combinar la fiera deformación de su gesto político y el lirismo de un poeta. El realismo de su escritura fue conducido luego por Borges a telas de grandes dimensiones, como si tratara de elaborar una crónica, haciendo evidente una intención episódica, sobre ciertas clases de la sociedad; el poder fue cuestionado y sacudido, diseccionado en retratos y grupos de personajes que traducían el gusto del artista por el retrato y la arquitectura. “Concibo mi pintura – dijo Jacobo Borges – como una épica y por lo tanto como una posibilidad de expresión social. Me propongo representar personajes que pueden ser identificados en la realidad cotidiana, incluso ser señalados con el dedo>>. Borges no llegó, afortunadamente, a este naturalismo, que hubiera significado para él algo así como adoptar una técnica fotorrealista. Pero en sus obras se sentía el peso de sus acusaciones y de su resentimiento, trocados en el clima esencial de una pintura que tocaba fondo en la realidad, tanto como en la pintura misma. Manuel Espinoza (1938) se dio a conocer con una pintura de fuerte acento expresionista y temática humana, en la cual  grafismo y color se fundían en una síntesis tensa y dinámica que parecía solicitar, con su revelación en un primer plano, grandes formatos. Toda la composición estaba soportada por  un dibujo de trazado grueso, gestual   y sincopado que acentuaba el contorno de las formas hasta desbordar materialmente el formato, atendiendo a un ritmo de crecimiento. Estábamos en los comienzos de una abstracción informal que  luego se puso de moda en Caracas.  Espinoza  trabajó desde entonces a partir de referencias objetivas de la naturaleza y las cosas, lo que contribuyó a que mantuviera siempre un vínculo con la figuración, vínculo que reclamaba como cuestión de principio aceptar las contradicciones que se producían incesantemente  en el campo del arte. En Manuel Espinoza se combinaron la conciencia del creador de vanguardia y la voluntad del hombre comprometido con las causas progresistas. Ello explica también, dada la pasión con que asumió su papel de revolucionario, que Espinoza haya tomado partido, desde los inicios de su carrera, por un arte figurativo de esencia humanista que proponía una alternativa  a la dura  controversia que a fines de los años 5O  mantenían los partidarios del realismo social frente a los pintores que hacían vida en los movimientos de arte abstracto y concreto. Hacia 1957 el movimiento abstracto-geométrico pareció alcanzar su apogeo, y su declinación no se hizo esperar. Para el clima político que se vivía resultaba a la vista de los jóvenes un movimiento demasiado acrítico. La exposición que los tres pintores mencionados organizaron en el Museo de Bellas Artes en 1957 trajo al encajonado lenguaje del abstraccionismo objetivo un aire renovador. Fue el punto de partido de lo que en adelante se conocería como una nueva figuración, término rechazado por los participantes de aquella famosa exposición.  La influencia foránea no fue aquí la más determinante. Hay que decir que la nueva figuración se sitúa en la tradición realista del Círculo de Bellas Artes, y que rescata de ésta, por su gusto del color, a la figura de Marcos Castillo. La experiencia lograda por estos artistas durante sus años de estudio en la Escuela de Artes Plásticas  de Caracas también cuenta y fue el puente natural para la síntesis lograda en sus estilos al operar en ellos la influencia de las nuevas corrientes europeas. Se trataba de hacer de la pintura un lenguaje crítico; Lenguaje y realidad era una misma cosa; la anécdota como tal dejó de interesar a estos artistas. Si  concedemos que los pintores que representan al arte figurativo, siguieron trayectorias independientes y no formaron grupos o escuela, es fácil deducir que sus diferencias son mayores que sus afinidades. Sin embargo, las obras de Jacobo Borges, Mario Abreu, Alirio Rodríguez y Régulo Pérez coinciden  en sus temas figurativos y también por el hecho de que en el momento en que ellos se dieron a conocer estuvieron marcados por un mismo signo expresionista, de  gran impacto en su tiempo. Posteriormente evolucionaron, y eso es lo que  nos muestran sus trayectorias, más allá del factor común que los une en torno al tratamiento de la figura humana. Mario Abreu (1919-1993), por ejemplo, en su empeño de rehacer el camino de la magia, acude al papel o la madera como soporte para explorar en la femeneidad la búsqueda angustiosa de una lacerante  ancestralidad,  nunca satisfecha.

Alirio Rodríguez (1934) hace de la pintura  una cosmogonía, una saga metafísica en donde la gestación de las formas se resuelve como un conflicto entre el espacio estructurado como símbolo de ... 

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El poema como personaje de ficción, por Néstor Mendoza

EL ARS POÉTICA FICCIONALIZADO EN DOS POEMAS DE JUAN CALZADILLA: EL POEMA COMO PERSONAJE DE FICCIÓN

Néstor Mendoza

El ars poética representa más que un tipo de expresión una necesidad y una búsqueda. El poeta emplea el poema como medio para comunicar una postura sensible ante el acto creador. Representa una vía expresiva que trae dentro de sí misma una estética y una ética de la poesía. Con esto, el poeta no busca definir la poesía solamente, es muy difícil realizar algo semejante, pregúntenselo a Pound o a Cadenas. Lo que trata es de definirse y conocerse en la labor de humanidad que significa ser poeta. Con el ars poética  podemos deducir dos cosas: Que el poeta desea compartir su conocimiento  emotivo sobre pensar y sentir el poema, o que está en una búsqueda constante, recurrente y enfermiza de un lenguaje y un estilo donde echar raíces metafóricas. Calzadilla presenta ambas cosas.

El arte poética está latente en los libros de Juan Calzadilla. De este latir nació en el 2006 “El libro de la poéticas”. Este poemario está estructurado en dos partes: la primera de ellas denominada Objetos verbales, donde reúne un conjunto de poemas en prosa y define de manera descriptiva, narrativa y conceptual, hasta llegar a la ironía, a la poesía, el proceso de escritura y el oficio del poeta. La segunda parte del libro, El poema como poética, ofrece poemas de un valor lírico que se enfocan en la imagen y la metáfora, igualmente destinados a definir el acto creador. Ambas partes unificadas permiten apreciar la nitidez formal y la hibridez discursiva que distingue a los últimos poemarios de Juan Calzadilla.

II
El poema como personaje de ficción

Calzadilla conceptualiza y describe la poesía en el poema “Ruido de las esferas” de manera ficcional: “La música del poema no hace ningún ruido, ni siquiera para darse a conocer. El poema está demasiado ocupado en zafarse de las palabras, y son éstas, en su afán de retenerlo las que meten todo ese ruido que confundimos con la música del poema. El poema en este texto es un personaje de ficción que se moviliza  e  interactúa. Al respecto, Víctor Bravo(1993) establece que “la poesía enuncia la simultaneidad (cronológica y espacial) de lo posible con lo imposible, de lo real y de lo ficticio. Siempre dos ámbitos se ponen en relación; siempre un afuera inunda la tranquilidad de un horizonte previsible para perturbarlo y hacer brotar el hecho estético”. Este hecho estético, y la relación realidad-ficción, se manifiesta en la manera tradicional de concebir el arte poética y la forma como Juan Calzadilla le otorga al poema rasgos característicos que  convierten al texto, a las palabras, en personaje de ficción, como en el poema La duda: “En muchos episodios de mi vida la duda se me apareció y pude verla enteramente, de arriba abajo. No tenía ojos, no tenía cuerpo, no tenía manos ni párpados, no tenía alma. Apenas, en algún lugar invisible de ella misma, pude encontrar, brillando cual óvulo de la nada, su mente en blanco. ¡Dios, cuán grande era!”.

La descripción física de la situación y de la duda podríamos relacionarla con la página en blanco al momento de la escritura de un poema, o a la angustia del poeta frente a ella. Calzadilla convierte la indeterminación y la vacilación que distingue a la duda en ficción, lo transmuta en un ente corpóreo y etéreo al mismo tiempo.
El libro de las poéticas, del gran poeta  venezolano Juan Calzadilla, encierra diversidad y mundos alternos regidos por la alteridad y la ficción. Al abrir este libro encontramos en sus  páginas personajes y situaciones dinámicas, atmósferas creadas desde la mirada metafórica de la multiplicidad.

Juan Calzadilla: La reflexión del significado

Hay que tallar el sentido, no la forma. Hacer gema de la transparencia del verbo.

Juan Calzadilla

El sentido debe ser lo suficientemente sólido para resistir la traducción a otras lenguas. Casi siempre, cuando leo un poema u otro texto traducido es como si estuviera viendo una película extranjera. Percibo un castellano neutro, insípido, sin sabor alguno. No posee la particularidad y el gusto que nos ofrece la lengua madre. No me refiero a los modismos del  idioma, sino a la intimidad, como si una muchacha que nos gusta se nos acercara y nos susurrara al oído, como si percibiéramos su aliento fresco y su alma. Si un poema no posee alma, que se traduce en el sentido, en el significado, nada nos dice, está muerto. Por algo los grandes poetas de lengua alemana e inglesa, como Rainer María Rilke y  Walt Whitman, respectivamente, lograron penetrar en la esencia de otras lenguas, se quedaron y anidaron en ellas, porque no sólo se enfocaban en la forma, sino que tallaron el sentido, como bien lo expresa el epígrafe de Calzadilla que arropa este capítulo.
Pocos poetas logran hacerse de un estilo tan propio como para designarle un adjetivo que los haga inmortales, y que al mismo tiempo, podamos decir: la poesía lorquiana o becqueriana, por ejemplo.  Si tratáramos de adjudicarle uno a Juan Calzadilla sería algo así: la obra calzadillesca, calzadillana, o calzadillista, o algo semejante. En sus versos y en su prosa, existe un lenguaje que lo identifica como uno de los poetas más lucidos, y lo coloca  entre los autores venezolanos contemporáneos más consecuentes en su oficio. Del mismo modo, conjuga las letras con la pintura, escribe y pinta poesía. Es artista plástico y crítico de arte. Perteneció a El techo de la ballena, agrupación artística influenciada por la vorágine del surrealismo y las vanguardias europeas.

La obra de Calzadilla es muy vasta, entre sus Primeros poemas (1954), hasta El libro de las poéticas (2006), el  más reciente, hay más de veinticinco poemarios. Es ya casi un lugar común, en los cenáculos, y en la crítica literaria venezolana, hablar y escribir sobre la ciudad simbólica y la alienación. Si bien es cierto que son elementos reiterativos, hay otros componentes  que enriquecen su obra, tales como la reflexión, la prosa, la ironía, el sentido, la otredad, la escatología o la fluidez del discurso. Aquí, únicamente tomaré dos aspectos: la reflexión y el sentido en una especie de simbiosis: la reflexión del significado.

En los poemas de Juan Calzadilla (Altagracia de Orituco,1930), el sentido tiene un lugar privilegiado. El significado y la paradoja  de la palabra están en equilibrio  con la forma. Se construye el hilo del discurso poético a través de un camino de voces que a mitad del trayecto del acto creador, mediante la meditación, o el desarrollo del cuerpo del poema, se paraliza y constantemente se interroga para manifestar su pensamiento. El discurso, y en general, la fluidez de la prosa para labrar el sentido, determina y le da corporeidad al poema. No sólo expresa un significado, lo explica, lo medita. Calzadilla, en su Libro de las poéticas (2006), en el texto En donde postulo la reflexión, dice lo siguiente:

“La reflexión aparece en el poema cuando nos hacemos la pregunta por la forma, y se encuentra inmersa en la operación a través de la cual el poema es pensado como tal durante el trance de escribirlo. La reflexión introduce en la estructura del poema una perturbación de sentido…”(Pág. 31)

Esta perturbación del sentido, infecta al discurso y a la estructura del poema. Consiste en una continua  interrogante que busca descifrar el significado que se encuentra dentro y fuera de las palabras y el misterio que  éstas encierran. Esta reflexión se encarga de trastornar el significado, para edificar un estilo donde predomine la prosa, la reflexión del significado, para que unidas constituyan parte de los pilares del lenguaje y del discurso poético.
Cuando Calzadilla reflexiona el poema, busca renovar el significado y la forma. Al pensarlo se recorren otras posibilidades estilísticas y semánticas, se extraen significados y se pulen al mismo tiempo. El significado, más allá de que se esconda tras un símbolo, tras una alegoría o se arrope con metáforas, es relativo, dinámico y fragmentario. Quiero decir que no es un ente absoluto ni cerrado. El sentido se mueve con total libertad, y muchas veces rebasa los límites de su estructura interna y de su forma. El poema lo nutre la experiencia de quien lo escribe. Sin embargo, también es cierto que el significado que le damos a través de la experiencia y las vivencias no  es privativo del poeta ni del poema. El sentido del texto es una cosa, el del lector, otra. La reflexión interna del poema y del lector hace maleable al sentido. De manera metafórica, el significado sería como un trozo de arcilla y la reflexión las manos del artista. En Seríamos inmortales, del libro Principios de Urbanidad (1997), se evidencia lo que he estado planteando, leamos estos versos:

“Tienes que admitir que no vas hacia la vida, sino que vienes de ella, de manera inversa a como el río desciende de sus cabeceras. Pues tu vida se acorta en proporción a su alejamiento de sus orígenes, en tanto que el río aumenta su caudal a medida que desciende y pasa y pasa y es más río mientras se aleja de sus fuentes.
(…)
Si como el río fuéramos al mar, seríamos invencibles .”
(Pág. 38)

Simbólicamente, la inmortalidad tiene muchas posibilidades semánticas: algo perdurable, imperecedero, divino. Lo inmortal, sinónimo de eternidad, se unifica con la naturaleza, representada en un río. Lo que entendemos como inmortalidad, su simbología, se desnuda y se viste, aunque suene paradójico. Se desnuda porque reflexiona el hecho natural, el cauce de un río, es decir,  medita la situación misma, el río simbólico, su sentido de inmortalidad . Se viste, porque tras el río, elemento concreto, encierra uno abstracto, la eternidad. En el poema,  Y sin embargo no rueda, del mismo libro, se expresa más o menos la misma idea que en el  texto anterior, pero con tema de la soledad:

(…)
“La soledad es un medio por el cual estar solo se vuelve tolerable”.
(Pág. 36)
La soledad transfigurada en imagen, en metáfora, siempre ha acompañado a la poesía. Con un tono aforístico, Calzadilla desnuda la palabra, reflexiona su sentido.“El sentido del poema -para el poeta colombiano Rómulo Bustos Aguirre- es acechar el sentido”. El motivo del poema, en la obra de Juan, no sólo acecha al sentido, lo hace también con la forma. El lenguaje se hace cuerpo tangible al igual que el significado. Ambos se expresan nítidamente. De esta manera, sus poemas adquieren tonos claros internos y externos. Las tonalidades oscuras, paradójicas o aforísticas,  se evidencian por las constantes cavilaciones que su prosa manifiesta.

En otra parte, dice el mismo poeta colombiano que “la dignidad misma del poema radica en esa obsesión desnuda por el sentido. La obsesión, representada como un ars poética, es un impulso por escarbar primero  y edificar luego un estilo, un templo, o como diría Miguel Márquez, “un espacio como custodia del sentido”. Si un poema no está impregnado de poesía, que en Juan Calzadilla es, en gran parte, el sentido,  seguramente quedará indefenso y vacío cuando le quiten la ropa del español y se pongan una extranjera.

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DEL ARTICULISTA

Néstor Mendoza (Mariara, Venezuela, 1985). 
Licenciado en Educación, en la especialidad de Lengua y Literatura 
(Universidad de Carabobo).
 ... 

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Juan Calzadilla: Forma y significado, por Néstor Mendoza

Para el autor de este penetrante estudio «La perturbación del sentido infecta al discurso y a la estructura del poema. Y consiste en una continua  interrogante que busca descifrar el significado que se encuentra dentro y fuera de las palabras y el misterio que  éstas encierran. Esta reflexión se encarga de trastornar el significado, para edificar un estilo donde predomine la prosa: la reflexión del significado».

JUAN CALZADILLA: FORMA Y SIGNIFICADO

Néstor Mendoza

Vuelvo a la lectura de la poesía de Juan Calzadilla después de resistir segundas y terceras lecturas, después de años de reposo y olvido, entonces ha alcanzado la virtud de la permanencia. El alejamiento voluntario aclara un poco los argumentos, define mejor los contornos. Lo he podido corroborar en su poema “Los cazadores orantes”; el largo aliento de la versificación, la descripción sopesada y delicada que ahora renueva los gustos y la cercanía: “El misterio ampara/ y convierte en prodigio el celaje/de la imagen que al deslizarse/deja sólo de sí la resonancia móvil/de una fronda de cambiantes colores”.

Realizo una sesión de calentamiento, estiro los músculos y me preparo
para este nuevo contacto. Ya no se trata de los tópicos habituales, del yo que se
fragmenta o del transeúnte contradictorio de la ciudad. Lo que me atrae no es
el discurso meta-textual, que seduce al primer acercamiento. Ahora busco los
pliegues y las estrías, el leve silbido que se esconde en el interior del caracol.
Calzadilla es más estimulante en la medida en que elude por un momento los
reflejos de la alteridad: cuando se olvida del cuarto de los espejos.

Desde hace dos décadas aproximadamente, casi todas sus publicaciones
han aparecido bajo formas antológicas. Los textos van configurando un nuevo
volumen: ocupan un nuevo lugar y una nueva distribución. Diríase que se trata
de un juego en el cual las cartas (piezas, poemas) permutan sus posiciones
originales, logrando así nuevas lecturas y visiones. Lo ha expresado en su propia obra: “Mi movilidad es lo que hace que viva”. Calzadilla es un corrector de estilo, incisivo y exigente.

Una cosa podemos resaltar: en este libro reciente, nuestro poeta ha
delimitado sus textos discursiva y temáticamente. Poesía por mandato reúne
poemas líricos que dialogan con la escritura meta-ficcional; es decir, poemas de motivos diversos, prosa poética, glosas, microficciones y aforismos. Un libro con estas cualidades cambia la perspectiva crítica. Empiezas a dudar de las fronteras genéricas, de la distribución de los textos, de la prosa y del verso.
Esta compilación, como oportunamente ha subtitulado Calzadilla, es una
antología “personal” y no una antología “poética”. Quizá intenta aclararnos
que, además de poemas (según la manera tradicional de concebirlo), también
coexisten otras variedades expresivas, todas las facetas en las que ha incursionado. Su escritura, variada y elástica, no transita un solo terreno; por
el contrario, se bifurca, ramifica y extiende. Poesía por mandato es una meta-
antología. Suma antológica, una antología mayor.
Trato de inventariar los títulos que ha dado a conocer hasta los momentos.
Son muchos, sin duda. Es un poeta prolífico: el número de antologías es
igualmente numeroso. Ya en perspectiva, es posible creer que ese afán de
publicación y corrección persigue un motivo concreto: la pieza definitiva, tallada y vuelta a tallar. Para Calzadilla, el poema es perfectible y falible. Casi puedo recrear un escenario hipotético: un viejo artesano que no se conforma con el acabado final de la pieza, que vuelve a ella, con rigor y vigilancia, y la muestra a todos generosamente.

Esta Poesía por mandato no es dictada por la jauría sino por la serenidad
y la reflexión. Es proclive a la teorización libre del poema, al precepto irónico.
Calzadilla argumenta y orienta: narra, expone, argumenta, describe, dialoga, da órdenes.
La obra de Calzadilla está matizada por cierto grado de culturalismo: citas,
epígrafes, menciones y reinvenciones de algunos pasajes del arte y de la historia literaria (Bretón, Balzac, Rodin, Picasso, Pessoa, Ítaca, Ramos Sucre, Reverón).
Cada una de esas presencias, en un coloquio sinfónico, define y articula su estilo (sus estilos).
En Poesía por mandato se cumple lo que Gustavo Guerrero ha llamado
escritura transversal, la cual “mezcla distintos géneros de discurso y juega a
menudo con las fronteras de la institución literaria”. La afianzada valoración como poeta urbano, de la ciudad, empieza a ser difusa. Las motivaciones de Calzadilla no son temáticas sino discursivas. El tópico está debajo de la gran piel del discurso.

*Texto leído durante la presentación del libro Poesía por mandato. Antología
personal, de Juan Calzadilla (Monte Ávila Editores Latinoamericana).

DEL ARTICULISTA

Néstor Mendoza (Mariara, Venezuela, 1985). 
Licenciado en Educación, en la especialidad de Lengua y Literatura 
(Universidad de Carabobo).
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