Sobre los Aforemas, por Juan Antonio Calzadilla Arreaza

SOBRE LOS AFOREMAS

Juan Antonio Calzadilla Arreaza

 

El aforismo es un entorno cerrado que acota una pieza de saber. Por eso la raíz etimológica de los Aforemas de Juan Calzadilla desvirtúa su noción de espacio circunscrito con el amplio sufijo ontológico-ema, cualidad de cosa, en estado de fluida indefinición. Aunque podría decirse también que aforema es una palabra-valija que expresa la combinación de unos objetos, aforismos-poemas, cerrados como los primeros, pero con la apertura de los segundos.

Pero es innegable que estos aforemas andan tras una idea, que no siempre los antecede, como patrón noético a copiar por la escritura, sino que muy a menudo la escritura misma ayuda a hilvanar, como en un gesto que utiliza la articulación del lenguaje para generar efectos conceptuales, paradójicos, irónicos, humorísticos, de un constante sabor crítico. Queda desconcertada la poesía objetualista ante este fluir ideacional en que el lenguaje piensa a través de sus propios movimientos, sesgos y escorzos. Pues todo el mérito pensador, analítico y constructor, pertenece sólo al lenguaje, opacando al inflado sujeto lírico de la poesía objetualista, ausentándolo («Diario sin sujeto») o dejándolo arrastrar por elm discurso que lo lleva («Notario al garete»).

¿Poesía entonces qué? Tal vez meramente aforemática (si nos atreviéramos a ensayar en los géneros). Esta vestimenta de versos, meros pies tipográficos que persiguen núcleos ideativos, no hace sino retrotraer aún más los aforemas al epigrama antiguo, añadiendo un hiperobjetivismo femomenológico que desecha todo lirismo que no posea algún matiz irónico. Una post-poesía encuentra circularmente la poesía menor de los antiguos, en una prosa de renglones secos aguisa de versos, cuya función es menos sonora que de apoyatura óptica para la invención sintáctica.

 

Un ejemplo de la Antología Palatina

Páladas de Alejandría (s.IV d. C.)

 

La ira de Aquiles también fue para mí motivo

de funesta miseria: soy profesor de letras.

!Ojalá con los Dánaos me hundiera la ira famosa

antes de que me mate del magisterio el hambre fiera!

Para que otra vez raptara Agamenón a Briseida

y «a Helena a su Paris», yop me he hecho mendigo.

 

II

Se recordará que Ezra Pound distinguía como tres grandes procedimientos poéticos la MELOPOEIA, la PHAINOPOEIA, y la LOGOPOEIA: respectivamente se trataba de la musicalidad (melopeya), la proyección verbal de imágenes sensoriales (fenopeya) y , como dice el mismo Pound: «la danza del intelecto entre las palabras» (logopeya). La que puede desconcertar al lector habitual de poesía en los Aforemas es su grado cero y cercano al cero de fenopeya, y sobretodo de melopeya, a favor de una hegemonía de la logopeya. El aforema exige el rigor de la lectura del sentido, encriptado en construcciones sintácticas que constituyen en sí mismas el hallazgo plástico de los textos, y que se libera, casi como un enigma que lo entraña, en un efecto intelectual o lógico (paradójico, irónico, humorístico, político, ético, etc.). A este fin, el lector debe asumir, como hace el autor, una ascética de los recursos melódicos e imaginarios del poema tradicional. Curiosa-mente Pound atestaba que a mayor madurez más se acercaba el poeta a la melopeya en su forma más cantante. En Calzadilla y sus Aforemas presenciamos más bien una casi exclusiva atención, acuciosa y ansiosa, hacia los mecanismos del sentido y los juegos de constitución de lo real mediante estructuras del lenguaje.

III

Anti-platonismo urbano, que asume los malos modales de los cínicos y su identificación con los perros, las paradojas con que los estoicos se burlaban de las esencias unívocas, o el sereno, viril, fatalismo escéptico, la filosofía de los Aforemas marcha, inmóvilmente, sobre el doble filo del signo o del poema que es como el puñal de la muerte que hiende el cuerpo con el sentido. El sentido debería existir como Ser, más allá del signo, ese bagaje irrisorio de las palabras que carga el poeta desnudado y desmitificado por el asfalto, pero no en el cielo de las ideas, sino tatuado por la muerte en el cuerpo vivo.

La palabra entonces se yergue contra la palabra, desenmascara su pretensión y su fatuidad: el poema desnuda la imposibilidad del poema; los montones de libros sirven de pedestal a los vasos de whisky. No por ello sale a relucir el hecho puro, en una especie de silencio expresivo. Para el homo poeticus, ese ser precario de un día, con su deleznable maleta de palabras y la contabilidad de sus haberes existenciales, en bancarrota perenne, homo caninus en que el asfacto intercambia las especies, que hace el poema como hace un ladrido, la realidad está en su mirada, el hecho ocurre en la mente, el sentido se inscribe en el cuerpo.

?Pero cómo puede haber sentido fuera de las palabras que lo expresan?

¿Será el sentido otra vez esencia platónica, exterior y superior a los cuerpos?

El sentido radical es inexplicable (y ante él, el poeta pedante queda en ridículo) porque es el flujo incesante de la vida, en el que cada instante tiene la precaridad, la preciosidad y la necesidad del Azar. La fe es el amor del azar, saber su exactitud sin falla.

La palabra, y el poema, alcanza el sentido cuando se libera de la lógica finalista, ideal (que presupone esencias inmutables y trascendentales), y el poeta produce en su mente el devenir cósmico, con su gratuidad, su precisión, su infalibilidad, su fe en el absurdo. El lenguaje así liberado, fiel a las mutaciones, re-logiciza la mirada sobre un mundo en el que la vida y la muerte son simultáneas.

La herramienta retórica y filosófica, ya explorada por los griegos, es la paradoja: la opinión contraria a la opinión, la inversión de las relaciones lógicas, la afirmación simultánea de términos contradictorios. La paradoja refleja la multivocidad del devenir. Para alcanzar el sentido fuera de las palabras lleva las palabras al afuera.

Dos paradojas clásicas de Crisipo, maestro estoico, que aparecen salidas de esa historia que en los Aforemas nos resulta más bien la desesperada fantasía de un prisionero urbano, se repiten en Calzadilla, y quizás den un cierto pedigrí irreverente a su existencialismo beckettiano:

Si dices algo, ello pasa por tu boca;

luego, dices carro, entonces un carro

pasa por tu boca.

Si no perdiste una cosa, la tienes;

luego, no perdiste los cuernos, entonces los tienes.

 

*Prólogo del libro Aforemas. Monte Ávila Editores Latinoamericana. Colección ALTAZOR. Caracas, 2004.

Fuente: cortesía de Nelson Mendoza.

 

Juan Calzadilla, por Ana Berta López
Notas para Nieve de los trópicos / Sobrantes, por Juan Antonio Calzadilla Arreaza
Publicado en Ante la crítica.

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