Calzadilla en tres instancias, por Rafael Arráiz Lucca

CALZADILLA EN TRES INSTANCIAS

Rafael Arráiz Lucca, 1987

I) Diario para una poesía mínima.
Juan Calzadilla publica su poemario número once. Desde el lenguaje desbordado de Dictado por la jauría pasando por el contenido Oh Smog, hasta este último, el autor ha sido fiel a sus temas. Diario para una poesía mínima no se aleja de la ciudad, el absurdo, la paradoja, el humor y la condición inútil de los ciudadanos. Por el contrario, uno de los valores del libro está en la muy cuidada escritura con que el poeta insiste sobre sus fantasmas. La brevedad se ha apoderado lentamente de la poesía de Calzadilla al punto que, hoy día, sería inusual un poema largo como cualquiera de sus primeros libros. Una suerte de destellos, rayados con nervio, crecieron en las páginas en blanco.
Los epigramas del libro presentan toda la inteligencia paradojal que el autor posee y un camino recorrido donde, sin gratuidad, el poeta ha ido desvistiéndose de metáforas, símbolos y giros líricos para llegar a una escritura descarnada que, aún llena de humor, es angustiante, desesperada. Además, este último trabajo contiene un buen número de textos donde Juan Calzadilla se esfuerza en delinear una poética:
«El trato con los demás
es como el ladrido del perro,
Hagas lo que hagas para
entenderlo, te es ajeno».
La inexistencia de la comunicación o la futilidad de intentarla es una de las claves de toda su poesía. Así como que todo anda por su lado, inevitablemente:
«Todo pasa sin que te enteres. Y tienes
todavía el coraje de creerte dueño del jardín»
La conceptualidad de los textos recientes le da cuerpo, coherencia a su poética (una poesía, construída cerebralmente, que apela siempre al ingenio). De allí la aridez que en ella, a veces, se respira, de allí el control de quien escribe sobre la palabra, y también, el tono y la forma de sonreída moraleja que se desprende de algunos de sus textos:
«y que, tras decidir el cambio,
uno comprende luego
que tampoco tiene sentido
ir a venir a una gran ciudad
si sabe que para dar ese paso
antes tendría que mudarse de sí mismo».
Diario para una poesía mínima resume las obsesiones centrales del trabajo de Calzadilla y no sería aventurado decir que en él se hallan algunos de sus mejores textos y el más equilibrado, por lo dosificado, de sus libros.
II) La turbamulta de estos años
Entre la escritura automática de la estética surrealista (Dictado por la jauría) y el aforismo escueto y contundente de sus más recientes libros (Diario para una poesía mínima y Agendario) median más de veinte años. La ciudad que maltrataba a Juan Calzadilla en aquellos míticos años sesenta es otra finalizando los ochenta. Si la realidad urbana de esos años iniciales fue asimilada por el poeta como una afrenta que sólo propiciaba el enfrentamiento rabioso, la urbe de hoy provoca el finísimo humor, la plácida ironía o simplemente, la sabiduría con que Calzadilla mira pasar la turbamulta de esos años. Ambos cambiaron (el autor y la ciudad), pero el trayecto no fue el mismo. La capital fue extendiéndose por los cerros aledaños como una metástasis y Juan fue, por el contrario, depurándose. Quien acuda a las páginas de sus primeros libros después de haber leído los últimos constatará, felizmente, como un autor es capaz de sustancializarse, reducirse al nudo de su discurso.
Con el título y el diseño del libro (textos y dibujos sobre unas hojas de agenda ejecutiva) el poeta subraya dos creencias: la poesía es asunto de todos los días (adiós a las torres de marfil, adiós a las iluminaciones esporádicas) y la poesía puede convivir con el dibujo sin estorbarse. De la primera, muy bien; de la segunda, surgen dudas. Cuando inicié la aventura de Agendario, intenté mirar los dibujos de cada página justo después de concluída la lectura del texto: no resultó, ni uno ni otro resonaban firmemente. Resolví leer todo el libro y luego mirar los dibujos. ¿Pueden convivir sin divorciarse los poemas y los dibujos? Muchos han sido los intentos y ninguno termina por convercerme totalmente. Hay un escenario que el poema crea en la imaginación que la elocuencia del dibujo interviene. Sin embargo, tanto los dibujos como los poemas, haciendo abstracción de que cohabitan en el papel, voven bien individualmente considerados.
La lectura de los textos de Calzadilla nos lleva hacia terrenos que el poeta ha abonado bien: el contrasentido de algunos propósitos ciudadanos, el absurdo de muchos intentos de diálogo y la facultad, muy mimada por el autor, de mirar detrás de las cortinas. La versión que crece en Agendario de los hechos del mundo es siempre una versión inusitada. Esta quizás sea, entre otras, la riqueza que entrega la lectura de este libro. Cualquier lector medianamente alerta celebra la lejanía del lugar común y la escritura correcta. ¿Quién no agradece que los textos se ciñan a un propósito? ¿Quién no agradece el hecho de publicar sólo cuando las piezas han sido suficientemente pulidas? De los muchachos que comenzaron a publicar a finales de los años cincuenta y principios de los sesenta muchos dirigieron sus destinos hacia otros territorios, algunos han insistido no sin repetirse y pocos, muy pocos, siguen viajando con atención, dudando, renovándose. Entre estos viajeros se encuentra Juan Calzadilla.
III) La ciudad no importa
Cuando en las observaciones de dos conocedores de la poesía de Juan Calzadilla puede leerse: «es sin duda, uno de los poetas más representativos de la llamada generación del 58» (Antonio López Ortega) y «Ningún poeta venezolano ha sido más obstinadamente fiel a la Caracas de los últimos 30 años» (Julio Miranda) estamos, en pocas palabras, ante dos precisiones básicas.
Olvidamos de los tres poemarios publicados por el autor en la década de los cincuenta (Primeros poemas, La torre de los pájaros y Los herbarios rojos), no cabe la menor duda que ha sido la ciudad su escenario. Desde Dictado por la jauría (1962) hasta el reciente Agendario (1988), lo opinado por los críticos citados se confirma. Si algo se distingue en el tremendal de la poesía venezolana de los sesenta es su vocación por darle vida a las imágenes de la urbe o, también, en distinguir desde la ciudad el campo de la infancia, del pasado.
Así como Manuel Cabré hizo del Ávila el motivo de su pintura, Juan Calzadilla ha hecho de Caracas el centro de su poesía. Pero Cabré no logró agotar su objeto y Calzadilla tampoco lo logrará. No es posible hacerlo cuando la relación entre el autor y su objeto se torna obsesiva. Pasa a ser algo que trasciende al cerro o a la alcantarilla. Auque es probable encontrar algo parecido a la repetición en un lienzo del pintor o en un texto del poeta, lo que privilegia sus creaciones viene dado por las veces en que el ojo pudo detener una imagen que por su humor, su atmósfera y su tratamiento superó la simpleza propia del objeto.
La enfermedad más difundida entre quienes enfocan insistentemente un punto es la hipnosis, la fatuidad, la fórmula. Si la ciudad es sólo la ciudad y no el poeta (su vida, sus contradicciones, sus perplejidades) en intimidad con ella, es factible que viva un esteriotipo. Cuántos de nuestros creadores, luego de prolongadas indagaciones, llegan a una faceta que consideran definitiva y en ella permanecen acríticamente, devaluándose. No es fácil para un autor distinguir entre la creación de un estilo (continuidad, coherencia) y la mueca de la repetición.
La ciudad de Calzadilla, como el cerro de Cabré, no ha sido siempre la misma. El joven entusiasmado por el surrealismo que se expresaba adolorido y absurdo no es el mismo ciudadano vapuleado (como todos los ciudadanos) que observa irónico el cadáver de un perro en el hombrillo de una autopista. Como unos compañeros de celda que entre el suicidio y el asesinato optan por la convivencia, es el diálogo entre el poeta y su ciudad. En definitiva, es el diálogo de un hombre con las circunstancias de su tiempo. Es la observación del enamorado que luego de un largo viaje (decepciones, indiferencias, desplantes) llega hasta la falda deseada y descubre que no era ese el objeto, sino el trayecto. A Calzadilla la ciudad le importa un comino.
Tomado de «El avión y la Nube»
(Observaciones sobre poesía venezolana)
Colección Medio Siglo de la Contraloría General de la República
Serie Letra Viva
Páginas: 59-62
s/f
Fuente cortesía de Néstor Mendoza:
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Del articulista
Rafael Arráiz Lucca

Rafael Arráiz Lucca es ensayista, poeta, historiador, profesor de la Universidad Metropolitana en Caracas.

Desde 2001 fue director de la Fundación para la Cultura Urbana, Caracas.

Es abogado por la Universidad Católica Andrés Bello, «UCAB», Especialista en Comunicaciones Integradas en 2002 (UNIMET), Magister en Historia de Venezuela, Summa Cum Laude en 2006 (UCAB), y Doctor en Historia en 2010 (UCAB).

Ha sido Presidente de Monte Ávila Editores (1989-1994) y Director General del Consejo Nacional de la Cultura (1994-1995). Es miembro de la Academia de Gastronomía Venezolana desde el 2004. En noviembre de 2005 se le elige para ingresar a la Academia Venezolana de la Lengua como Individuo de Número, ocupando el sillón V.

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Publicado en Ante la crítica.

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