Lecciones de carpintería de Juan Calzadilla-Selección

 

LECCIONES DE CARPINTERÍA 

Lecciones de carpintería es en rigor un ejercicio de estilo practicado en un taller de poesía. El propósito fue invadir una forma poética con la mayor libertad y sin respetar ninguna regla como no fuera el uso del molde de catorce versos que todos conocemos como soneto.

El reemplazo de  la rima y la acentuación silábica por el ritmo interior propio del verso libre y de la conversación corriente, no nos impidió sin embargo ceñirnos a una norma aún más  fregada que dice que todo soneto, bueno o malo,  debe tener  un final  concluyente, como remate, síntesis o demostración divertida de la anécdota o el  asunto argumentalmente expuesto en el texto. Más allá de la solemnidad que suele atribuírsele a la composición de sonetos, en Lecciones de carpintería asumimos el escabroso género cual una factoría en donde las partes han sido pedidas en préstamo y armadas como un collage con el que se pretendió ridiculizar la manía de los que confunden el logro de una cierta destreza para  la  construcción  de versos  métricamente perfectos con el  oficio de poeta. J, C.

Santa Ana de Coro, agosto de 2002

 

*Lecciones de carpintería fue publicado en 2005 por la editorial El Pez soluble.

*En este entrada se incluye una selección de textos realizada por el autor.

 

Dificultades para escribir un soneto

Dedícate ahora mismo a escribir un soneto

para demostrar que eres buen poeta.

Dispón su estructura correctamente

Combinando dos cuartetas y dos tercetos

 

Colocados de arriba a abajo, en el mismo

Orden, uno tras otro y  renglón por renglón

Hasta obtener catorce versos, completos

En sus cantidades métricas y en sus acentos.

 

No te olvides de la rima y de sus enlaces

Y cuando lo hubieres hecho, llegado

Olímpicamente al final, ahora si puedes

 

Jactarte, proclamándolo al mundo,

Que tras vencer tantos obstáculos pudiste,

Al fin, oh bardo, escribir el bendito soneto.

Soneto sucio

Yo sé tanto de mí como lo que tú sabes de un insecto.

Sé tanto que no aguanto las ganas

De gritar que lo que sé de mí

Se lo debo a mi sufrimiento

 

O quizás, también, a mis ganas de vivir

Que para el caso, son la misma cosa

Pues mientras la aventura me divierte,

Me lleva a rastras la indomable pena

 

Armada al final de tanto mal comienzo

Como el que con cada traspié

Me enrumbo paso a paso hacia la muerte

 

Gracias te damos, Darío, por enseñarnos

La técnica de traer por los cabellos los versos

Que para felicidad de todos nos reúne hoy aquí

 

 

 

Soneto con estribillo de latón

Escribir un soneto perfecto no me quita el sueño

Por más que entienda que la dificultad de armar

Bien dos cuartetos y dos tercetos es dura empresa

Cuando no se conocen a fondo las reglas gramaticales

 

Que los envidiosos charlatanes de la rima proponen

Como la prueba a vencer por el novato versificador

Que sin el talante que al poeta proporciona la vieja retórica

Con malas mañas torpemente incursiona en el soneto.

 

Cansado de oír al académico necio, no doy mi brazo a torcer

Cuando el conteo silábico se me pone cuesta arriba

Y un acento de más o de menos, me saca de casillas.

 

De mi endeble censor olvido su jerigonza dariana.

Sencillamente saco cuentas, recapitulo y mis rimas

Reacomodo al nuevo son que me ordene el mal verso

 

Soneto desarmado

Desarmar un soneto no es labor fácil, como tú crees.

Supone desprenderse de las desagradables normas

Que una tradición harta de sí, al fin, ha puesto

Para malestar del infatuado gramático en tres y dos.

 

Que el académico me vea como a infeliz catecúmeno

No importa. Peor para él si tras observar yo sus señas

Lástima me dé este señor perdido en una selva de estrofas

Y consonantes que nada tienen que ver con la vida.

 

No haré de la alquimia del verso la roca de Sísifo

Que cual Mallarmé errático me impone subir varias veces

La colina para arrojar al abismo la piedra del verso abstracto.

 

Y olvidaré también la perfección que a la atribulada forma

Como a ánima en pena persigue, para quedarme señores

Con el verso automático en un taller aprendido en tiempo récord.

Soneto atribulado

Añoro la época en que joven y como Jonás apuesto

Tenía yo grandes dotes para juntar versos

Que leídos hoy me suenan a prosa con tambor

Tan aliñados estaban por el sonsonete y el lugar común.

 

Jamás consideré el arte de rimar una hazaña

Que a mi pecho de aprendiz inflara cual pavo real

La petulancia de un Rimbaud. Tal artilugio,

Al contrario, por fácil me parecía juego de niños

 

y lo cultivé sin encono ni tener que sacar en el banquete

Académico un arma para acabar con los poetas

Que, igual que yo, batían su música de albañilería barata

 

Para componer libros imperfectos que tras su primera lectura

El impío editor, pertrechado en sus ganancias,

Condenara para siempre al sueño de las gavetas.

Ítaca

Así como antes te detenía un río crecido

Hoy te detiene un accidente de tránsito,

Una calle ciega, la fosa común abierta por el filo

Del alud, el pitazo del vigilante, o una orden superior

 

Que no entiendes aunque te la dicen al oído.

El barco podía hundirse, los caminos ciegos borrarse

Los caballos rodar deshechos por el barranco.

Pero nada impedía que llegaras sano y salvo a tu casa

 

Aunque como Ulises tardaras siglos y siglos

Tras recibir,  paso tras paso, el castigo de los dioses.

Hoy te lo impiden cosas nimias como el asalto a un banco,

 

El camión sin frenos y, para mala suerte, el encontronazo

De la ráfaga a mansalva que de ti blanco perfecto hace

Como si llevaras la muerte cosida todo el tiempo a tu cuerpo.

Celebración caníbal

La gente aquí dispara a comerse

los unos a los otros

Y para ello muestra sin discreción

la crin de sus dientes.

 

Olvidando todo recato

pronto se desnuda de confianza

pues lo que semeja

amorosa conjunción de cuerpos

 

termina en encarnizamiento.

El rompecabezas revela

Que la dificultad de encarar esta vida

 

Independientemente de lo que hayas hecho

Con ella en un velorio o una fiesta

Se inicia con saña.

 

Fui árbol y centella el mismo día

 

Un día voy a tenderme largo a largo

Y no lo haré en otra parte sino en mí mismo.

No sé a qué pródiga sombra acogerme.

Ni cuál elegiría. Si la del alero

 

Que en su quieta ondulación, de niño

Yo vi que imitaba el curso sosegado

De un río. O si finalmente la del árbol.

Después de todo, como el árbol

 

Yo también estuve de pie.

Fui bosque y desierto el mismo día,

La nube se hizo párpado para abrir mis sueños,

 

Me agité bajo la lluvia y el viento.

Como el árbol recibí el rayo y la centella.

Ni el fuego ni la sequía me abatieron.

 

El brillo y la palabra
Nubarrones o una breve antología del deshumor, de Juan Calzadilla
Publicado en Libros de poesía.

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