La torre de los pájaros | José Ramón Medina

Entre las infinitas posibilidades que la expresión alcanza en el campo de la poesía contemporánea, una de las que más atrae nuestro interés y sólida simpatía quizás sea aquélla por medio de la cual el verso, sin perder los valores de su verdad tradicional, de su esencia perdurable, penetra en el ámbito de una límpida tonalidad de misterio y sugestiones singulares en el que, sin transponer los cerrados límites totales del hermetismo o del puro juego simbólico, el poeta da rienda suelta a un amplio registro de voces ocultas que, cual un persistente río de plásticas imágenes vivenciales, se suceden fílmicamente, afirmándose una tras otra, en una especie de sugerente fábula expresiva que da valor de atmósfera total al canto.

Verso en función de magia, diríamos, donde la misma claridad de la palabra se percibe como una fresca enunciación de agua en rumor, libre de ataduras formales, sólo atenta a aquel interno impulso de historia generosa que fluye limpiamente lográndose en su propia distancia poética, como un cumplimiento natural de germen que progresivamente se desarrolla dando vueltas sobre sí mismo, hasta completar su propio, intransferible, ciclo lírico.

Son poemas los de esta clase donde, a la par que el necesario respaldo técnico -quizás más exigente en la vasta formulación que los distingue-, se justifica un poderoso juego de intuitivas vibraciones, recogidas en elástico acecho para redondo acierto del verso o de la imagen, y en el cual el plano onírico muchas veces -cantera profunda y fecunda- sustituye en perspectiva a la real y objetiva persistencia de los elementos del mundo, que, sin embargo – y sin paradoja alguna- sustentan el esfuerzo que tienta más allá de lo real mismo, con desprendida vivencia subjetiva.

Es aquí donde creo yo que se da más vivo, más palpitante, ese goce de la comunicación lírica que llega por otro conducto distinto al del simple entendimiento o comprensión al uso, y que sólo está reservada a ese ámbito de especialísimas sugerencias en que centra su eficacia verdadera el poema nuevo.

Todas estas consideraciones surgen espontáneas y dentro de su propia medida de análisis hacia afuera, al leer los poemas que Juan Calzadilla, reciente voz de la poesía venezolana, encierra en su hermoso cuaderno La torre de los pájaros, editado en los Cuadernos Cabriales del Ateneo de Valencia.

Juan Calzadilla se nos muestra dueño de un amplio registro temático, destacando fuertemente su acercamiento elemental a las fuerzas telúricas que, en mi sentir, dominan su lenguaje con extraordinaria vitalidad:

«¡Oh la tierra otra vez, a donde vuelve mi pequeño corazón bullicioso! Aquí, bajo la noche que palpita como un inmenso seno maternal, los campesinos en rueda triste, y las cosas rodeadas de un misterio triste en el sitio iluminado por la música… »

El verso, de abierto tono, de espntánea andadura, no requirido por otra limitación que la de la propia consigna que le imponen las exigencias del mismo canto sugiere – como apuntamos al comienzo- un discurso de progresiva sustentación en la sustancia de una historia que se inventa a sí misma, partiendo casi siempre, de un origen mágico intuitivo. ¡Sin embargo, cuánta sensación de cercanía humana, de ambivalencia de hombre-tierra, de afirmación esencial del «ser» de las cosas que rodean la experiencia del mundo y del tiempo!:

«Ahora las tierras sembrados de sombras espigadas, mi sangre va a regarlos tendiendo surcos de alma fluyente, ¡vida palpitante, sangre, savia de amor, desde este entusiasmo húmedo, sin límites»

El lenguaje es despierta vibración, a pesar de un cierto matiz de exigente castigo, que es previo al desarrollo temático. Pero el lenguaje, además, funciona como un valor antirretórico evidente, tal es su sustancioso impulso, su recia vitalidad oral, que alcanza, en determinados momentos de hermosa significación la altura de una meditada plegaria:

Al cielo alcé mis manos por atrapar el sueño que como una granada
de nervios maduró mi desvelo, y sólo palpé el silencio edificado.
¡El cielo no tenía más música que la de mi corazón escondido!
!Oh aire que estás llenando de amistad las cajas de caudales de los
pobres, ¿qué te cuesta ser humano, dime, sino el sacrificio del aliento
hacia una vida de dolor más largo vivos sobre el pecho del mendigo?

La torre de los pájaros– uno de los primeros conjuntos de poemas escritos por Calzadilla inéditos hasta ahora- asegura su disposición lírica con relieves verdaderamente fuera de lo común.

Tomado de la Revista Nacional de Cultura número 335, Marzo 2007

Juan Calzadilla | Juan Liscano
Juan Calzadilla, El más joven de nuestros poetas mayores | César Seco
Publicado en Ante la crítica.

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *