Juan Calzadilla, El más joven de nuestros poetas mayores | César Seco

En un instante de su condición de joven aspirante a poeta se dio vuelta ante el espejo y pudo intuir una realidad más allá de sí. No ya la de quien puede reconocerse idéntico a los rasgos que lo reflejan y sonreír o hacer una mueca, sino la de quien, apartándose del azogue, dándose la vuelta y quedando a espalda sin poder mirarse, como el personaje del cuadro de Magritte, se percata del otro que también es, se entera como por súbito que es tras si donde ocurre todo, porque el ego miente y no lo que traemos detrás.

No basta con decir que su poesía es lo más parecido a ese alud de miradas, de gestos que se tropiezan, de cuerpos metidos en sus trajes, de seres que se esquivan saliendo como roedores de sus madrigueras al despuntar el sol, desplazándose por la ciudad, buscando hacerse un lugar, perdiendo su faz entre los muchos que van a asumirse como funcionarios o simplemente pululan por la selva de cemento a punto de ser borrados por el smog o devorados por la noche. De cierto lo es, pero también es una aventura poética que no se agota en si misma. Su personaje hablante es un ciudadano sin fin que pasa a ser un animal, alguien que se arrastra a duras penas en su condición alienante, hasta derivar en ese que se va transfigurando hasta alcanzar la invisibilidad, dejando tras si la imbecilidad de creerse alguien, es decir, deja de ser sujeto para sumirse en el no yo.

Antes debe estar consciente de cuantas máscaras tuvo que llevar para que lo reconocieran entre la multitud que habita el vientre urbano. Esas máscaras, cual suele ocurrir en el escenario citadino, (y en Calzadilla éste escenario será siempre escritural, de génesis gráfica), cubrirán la faz de quien cree ser alguien entre los muchos; al que no también, al que se busca sin llegar a precisar bien de qué se trata esa búsqueda interior que casi siempre naufraga en lo colectivo; al que lo sabe pero cede ante los ritos cívicos para hacerse notar; en fin, al que ha perdido su identidad o al que no la tuvo nunca y sólo fue objeto de uso de la demoledora y condicionante realidad que fija el poder, sea cual sea su rostro siempre oculto o velado por su apariencia, sean cual sean sus manos que sólo saben moverse en la sombra.

Vemos al polemista que por un lado está denunciando la rienda opresiva de ese poder, tan invisible como avasallante, o bien está cuestionando su propia condición de poeta que puede equivocadamente creer que todo lo que imagina ha de ser correspondencia fiel a lo que vive. Está consciente de que todo poder persigue el sometimiento del ciudadano a sus designios operativos ideológicos, pero a su vez puede hacer ver que éstos, como trágica bufonada, representan o calcan sobre el papel de los acontecimientos que devienen de esta relación (poder-sujeto/sujeto-poder) los deseos reprimidos del ciudadano, deseos estos que sostienen a su vez el discurso mismo del poder que los oprime. ¿Qué quiero decir con esto? Que es en esto que aflora la veta magnífica de arte y la poesía de Juan Calzadilla que, en nuestro caso, más apreciamos: su teatralidad y puesta en escena gráfica, aunque sólo aparentemente se trate de un texto escrito.

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En su poesía, donde él mismo nos invita a descreer de todo, hemos llegado a creer en estas aristas confesionales, de las muy pocas que ofrece, pertenecientes a su poema DOSIS LÍQUIDAS DE AZAR: “En poesía he tenido presente, básicamente, la idea de expresar tensiones de la vida interior mediante las pulsiones de la tinta y la línea. A esto lo he llamado gestualismo, aun cuando, por tratarse de una expulsión, de una violenta evacuación de signo orgánico, la operación cae dentro de la pura operación excretora. Esta gestualidad simplemente expele. Se entrega por chorros. Se sustancia y prodiga en dosis líquidas de azar que mojan la página en blanco, sin prórroga, como el meado. // Y que pueda llegar a decir “Aquí se sabe de derrames pero no de la forma de controlarlos”. No soy un poeta puro”.

El efecto de esta escritura no es monolítico. Extrema la comprensión o no del lector y a ella se expone sin concesiones. La realidad puede parecernos que se queda afuera o que es puramente escritural, pero no, no es así, incluso frente al propósito del poeta de evidenciar uno de los rasgos que lo distinguen, la realidad es contundente; me refiero eso sí, a esa realidad que sólo el artista, el poeta posibilita, más elástica, menos susceptible a las nociones habituales de tiempo y espacio, menos complaciente a lo inteligible, a lo demostrable, es decir, menos agustiniana. Un crítico puro, lo afirmo sin broma alguna, alguien cuyo basamento interpretativo es sólido, basado en fuentes bibliográficas históricas y literarias confiables, podría discernir que cuando el poeta se refiere a: “Aquí se sabe de derrames pero no de la forma de controlarlos”, habla del lirismo verboso de una porción de nuestra poesía y a la que el poeta fue proclive en sus inicios, o bien a nuestra condición de sociedad que no ha sabido qué hacer con su riqueza. Pero otro, el lector desocupado de fichas, fechas y fachas, tal vez llegue a la puerta de esta especie de grand jeu presente en la poesía de Calzadilla a partir de Dictado por la jauría (1962), y preguntarle a quien sale a recibirlo entre las líneas de su lectura, ¿dónde está el poeta?, ¿qué se ha hecho?, ¿puede serlo quien está desprovisto de metáforas, quien no apela a imaginería alguna? Ese cuyas imágenes parecieran carecer de elaboración, pero la tienen y mucha. Flaco de adjetivos y ajeno a símiles gastados ya por el telurismo o el panfleto. Sordo a toda estridencia. Es entonces cuando tendrá al frente a un sujeto que ha estado en fuga de esa condición que su oficio, que su nimio lugar en la sociedad le confiere, condición que es como un estigma al que se niega para recuperar su condición de simple ciudadano; por ello el incesante cambio, transformación y revisión de su expresividad. Pero, tal vez este sea solo un presentimiento de lector ante una poesía cuyos contenidos son imposibles de reducir y un poeta cuya mayor condición, deja entrever, es la de mutante.

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¿Cómo ubicarlo? ¿Surrealista? ¿Parasurrealista? ¿Expresionista? ¿Absurdo? ¿Minimalista? De todo ello algo, nos respondemos pero sin prisa, porque somos de los que creemos que Calzadilla siempre nos va a asombrar. Sí, de todo ello algo, pero a su manera, sin cartillas ni manuales, no cesando de confrontar sus móviles. Debo decir que me costó llegar a esta lectura de quien es hoy uno de nuestros poetas mayores y a quien consideramos, por el carácter rebelde y revelador de su arte, un joven dispuesto siempre a dinamitar sus propios basamentos. De él sabíamos por sus libros y por lo que Dámaso Ogaz nos había hablado cuando ambos compartieron la experiencia vanguardista de los años 60; pero fue en Mérida hacia 1993 en una Bienal Picón Salas, en compañía del poeta Hermes Vargas, cuando le conocí en persona. Al verlo a distancia, de pie, recostado pero sin hacer peso alguno sobre una columna del lobby del Hotel Chama, tan delgado como el silbido de la brisa que la tupida arboleda filtraba, viendo él hacia un lugar fijo o a hacia parte ninguna, distraído o atento, lo cual viene a ser lo mismo para un artista, no sabíamos distinguir por la espesura de la niebla si era él o la imagen que una fotografía de Vasco Szinetar nos había fijado en la memoria. Por supuesto que era él nos dijimos en un instante y acercándonos lo saludamos con respeto. Nos dijo que estuvo una vez en Coro catalogando las obras de la colección de Alberto Henríquez y que en la ciudad de arena y apacible soledumbre trabó amistad con el poeta Rafael José Álvarez y con Faridy, su esposa, quien fue quien se encargó de pasar sus notas a limpio en una vieja remintong negra en la oficina de prensa de la universidad. Que le gustaría volver nos dijo, esto como un susurro antes de borrarse al final de un pasillo como evitando que otro invitado importunara sus indagaciones silenciosas. Tan cierto como su palabra, tiempo después volvió a Coro y nos acompañó durante un tiempo en la Casa de la Poesía, dictando talleres para jóvenes. Allí, más que al reconocido poeta, conocimos, significativamente para nosotros, al maestro.

Llegaba cada tarde como arrastrando sus pasos y cuando atravesaba la puerta parecía colarse por ella cual un pájaro por la ventana con entera libertad. Su compañera, delgada, de cuello ascendente, como si Modigliani la fuera instalado ahí, disponía en una mesita café y galletas y se sentaba a su lado en completa mudez. Los participantes eran pocos, no más de ocho, todos jovencitos, se dispersaban de manera tal que aquello fuera lo menos parecido a un salón de clase. No era parte del taller pero a veces me acercaba porque allí estaba mi pareja. Frente a la blanca pared colocaba el proyector de imágenes que se iban sucediendo: un huevo, un paraguas, una media luna, unos zapatos y así… hasta que por fin dejaba oír su voz: <<Escriban sobre lo visto lo que les venga>>. Entonces abandonaba su posición de instructor y buscaba sitio entre los participantes y hacía lo mismo que les había pedido. Esto no tenía una medida de tiempo, al parecer él notaba cuando nadie escribía ya y elegía al azar a cualquiera para leer y así los otros se iban alternando. Los mismos participantes iban emitiendo sus opiniones al respecto y de igual manera se daban las críticas y autocríticas, se borraba, se suprimía lo que se consideraba innecesario en cada texto, incluido el de él. Luego, ya en su propia voz, leía uno solo que era la suma de todos los escritos y pedía a los participantes que lo “fusilaran”, es decir que lo reescribieran, lo comentaban de nuevo y de ahí salía un “artefacto”, digámoslo así, que nada tenía que ver con la vieja practica del “cadáver exquisito” y que incluso parecía borrar las imágenes que le dieron curso.

Después de cierto tiempo, una vez terminado el taller, lo frecuentamos en La Vela y comprobamos que a su edad y como cualquier ciudadano salía bien de mañana a hacer sus diligencias hogareñas. En una oportunidad nos pidió que le acompañáramos a comprar un pescado y en un instante nos habló de cómo había sido posible para que ese pescado estuviera en sus manos y ocurriese el hecho de pagarlo y comérselo unos instantes después. El hecho común cobraba otra posibilidad menos advertible, más profunda, más interesante en su casi inaudible voz. Cuando nos abandonó y regresó a Caracas siempre quise preguntarle a Argelia que había significado para ella la experiencia de tener trato con el poeta Juan Calzadilla. Nunca lo hice, hasta que mi pregunta se vio respondida por un breve poema que ella incluyó en su libro inicial:”. “Eres tan real / como la vida que llena el vacío / de las calles”.

La torre de los pájaros | José Ramón Medina
Cinco poemas de Juan Calzadilla
Publicado en Ante la crítica.

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