A propósito de una calzada en el desasosiego | Miguel Márquez

Calzadilla ha optado más bien
por enajenarse (en el sentido literal
del término): ser lo otro, ser en el otro,
ser esa otredad que llamamos ciudad
Antonio López Ortega

Juan Calzadilla es un caso difícil. Digo dificultad no por lo poco tratable, que lo es en mucho, sino por el trabajo que exige, por la laboriosa, paradójica y concisa interpelación que su lectura pone en marcha. Me gustaría, por ejemplo, escribir lo que sobre su poesía digo con una sucesión cercenada de puntos, de caídas repentinas en las frases, de ruegos y ruidos entrecortados. El puñal, en su escritura, no es un invitado metafórico más. Agarra cancha, se acomoda en el diván luminoso del margen, en la extravagancia sugestiva de los difuntos, de los infinitos ecos del subsuelo, en esa incómoda franja de la inteligencia que pule y hiere, que no le deja a la tranquilidad un noble recuerdo entre los álamos, entre los poemas. Quiero decir: su poesía me cuesta y me seduce. Costo por lo que tiene de anti, de contra, de negativa, de batracio. Me vuelvo a explicar: no quiero para mí, para la manera en que me relaciono con los versos, lo que él entiende, ni lo que concentran sus palabras en la noche del espíritu. Pero sus palabras, con su argumentación incisiva, irónica, y lacerante, resultan, como los diálogos indispensables, compañeras resonantes en el descenso al infierno real, el de la conciencia. Una exaltada sacudida interior me descubre con sus libros en la mano como un ajuste de cuentas con aquello que no queremos ver pero que forma parte de nosotros, a manera de sombra inevitable, de sobra en el legado abundantoso que queremos regalar y ahora resulta penoso, de desperdicio insistente en la aureola, sí, la aureola todavía y pese a todo, de los poemas.

Digo, pienso, escribo: estos garabatos de un sobreviviente poco agradecido me dan rabia porque muerden en la creída consistencia de un mundo que parecía, al menos para nosotros, tan líricos y encantados y como encantadores, de piedra. Su poesía cala en la desintegración, jamás en la coordinación anatómica de la vida vivida como razón emblemática de la sabiduría, de la poderosa constitución de un cuerpo, de una manera asumida, integralmente, con lo alto y con lo bajo. En su poesía el relativismo es perverso, goza de la desposesión y, miríada de mariposas impedidas, de la ausencia y del concentrado énfasis. Su descreimiento es progresión de multitudes sin cordón umbilical, variopinta dispersión de morbosidades. Morboso, por lo que tiene de obstinado, de insistente latido, de arruinada fiesta. Hace reír y lamentar. No sabemos jamás dónde está. Una mirada que nos mira y se mira y se repite infatigable y angustiantemente, para quien lo lee, ante los espejos que lo imantan y donde se siente al parecer, su poesía, tan bien.

Añicos y pulsaciones, restos e intensidad, polvo pensante que se reparte en diminutas porosidades, en trozos, en pedazos, en pólipos. Cada vez, cada voz, cada palabra, hunde su miseria y su distancia como por arte refinado de la herida, como burla. Esta poesía, esta jauría, nacida desde la violencia, a la que encarna, a la que es devota, a la que cabal y psíquicamente expresa, sabe más y sabe menos de lo que se propone, pero está allí, con su extraviada precipitación de los vocablos, con la dislocada paciencia para desarmar el rompecabezas, para minuciosamente construir un festín residual, emborronado y preciso.

Es consistente el poeta; le encanta la interrogación que hace con su presencia una figura filosa, aguda, punzante. Y además, revólver en mano, sonríe. Arma su lanceolado laboratorio frente a los ojos enfebrecidos; ante la densa oscuridad, él, sus páginas, para oponerse a la atención memoriosa e ingenua, y acabar de un trancazo con la seguidilla de la inspirada confianza, de la retahíla bienhechora, a la que creíamos tan nuestra.

Escepticismo, pienso, distancia. No cree en nada, al parecer, pero sentencia desde la observación escatológica (de éskhatos, último, relativo a los muertos), desde una mirada estrábica, siempre con un ojo en el submundo, y hace del tiempo una metáfora muda y ensordecedora. Su contención abruma, carcome, pero es intenso su pliego, su despliegue de refractantes identidades que traman su razonado abismo.

Callo y leo, me demoro en los ángeles rasgados y regados por el piso de mis más queridas anunciaciones, en los ángeles rotos, de brutal cerámica, de bruto escalofrío. Creo que pocos, como él, han logrado a la ciudad como sujeto, como parlamento esquizofrénico. Al leerlo entramos en conciencia del sol ciego, del epitafio proyectado, de la impureza perfecta de las palabras y de las muchas veces complicada y tan poco atractiva condición de los poetas. Aquí la vanidad se ve, escudriñada y sacudida, por un ojo implacable. Aquí el grito, el disparo, la parábola; razones para boquear y no sentir orgullo, sino una propia, sustantiva confianza en la desesperación ascética, en la rebelión exacta.

Esta última y prolongada estación de Calzadilla sobre, en y desde, la ciudad infame, y vuelta deslegitimación radical del poema, crueldad sin asidero, aforismo preciso, me parece uno de los homicidios o suicidios -no lo sé- más significativos de la poesía actual venezolana. Una poesía que invalida lo que a su paso encuentra como entendido y resabido corazón, y crea, desde la insomne sospecha y la duda como Ariadna rigurosa, una como anónima, plural y concentrada meditación que nos aguza con argumentos puntuales, con sarcasmos, con humor negrísimo. Sus poemas dan fe de la ausencia ontológica, y muestran, tripas de par en par del desasosiego, esa falta de sujeto y de crítica de la razón poética que en el jardín de nuestras letras, donde hay tanta rosa jactanciosa, poco, y aquí de manera magnífica, prolifera.

Esta actualidad de su registro ha sido recibida y celebrada, leída en países como Colombia y Argentina, donde goza de una audiencia de buenos lectores cada vez mayor, cuestión que nos lleva a especular que en los contextos donde la violencia y la dureza de la vida cotidiana son tan contundentes, sus palabras pudieran leerse a modo de una respuesta que dialoga de tú a tú con esas poderosas fuerzas. En todo caso, lo cierto es que esta edición de Notario al garete (Universidad de Carabobo, 2000) confirma la vigencia y la validez de una obra que trasciende el mapa geográfico de la pequeña Venecia, y consolida, asimismo, la lectura que hacemos en el país de uno de nuestros vates que insiste en no dejar liso y quieto el muro de cristal de las buenas maneras.

Extraído de la revista La Tuna de Oro. Valencia, mayo-junio de 2001 / Número 38 / pág 21. Universidad de Carabobo

Juan Calzadilla, Camarada Del Amanecer | José Carlos De Nóbrega
Juan Calzadilla escucha a la jauría | Juan Manuel Roca
Publicado en Ante la crítica.

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