Juan Sánchez Peláez, a lomo de su caballo más viejo – Juan Calzadilla

Para muchos de nuestros críticos y también para muchos poetas, entre los cuales yo mismo me cuento, Juan Sánchez Peláez (|1922-2003) es, junto a J. A. Ramos Sucre,   la figura emblemática por excelencia de la lírica venezolana contemporánea. No sólo por haber dado un aporte extraordinario a la poesía venezolana con su libro Elena y los elementos, publicado en l951  (y con sus libros subsiguientes), sino porque, de generación en generación, pasó a ser una referencia insustituible  para nuestra   moderna poesía a la hora de hablar de genealogías e influencias.  Referencia en especial para los poetas surgidos a fines de los cincuenta y comienzos de los sesenta. Referencia ineludible cuando se llegue a  analizar, como no se ha hecho hasta ahora, la vigencia de  esa vanguardia poética que apareció en Venezuela simultáneamente con los movimientos de arte nuevo y con la renovación de los lenguajes que experimentamos a comienzos de los años cincuenta. Juan nos remite, en cuerpo y obra,  a un magisterio ejercido con prudencia y arrojo, un magisterio lúcido que se tradujo también, y esto fue importante, en estímulo, fraternidad  y solidaridad para con los nuevos poetas, a lo largo de varias décadas, hasta hace poco, cuando Juan  se marchó a lomo de su último caballo, el más viejo. Para dónde? Para la tierra que algunos de sus versos maldijeron y patearon.  Juan fue, así pues, un maestro, sin pretenderlo y con gran modestia, delante de  los que, menores en edad que él y con poca experiencia, descubrimos en su obra, cuando ella era desconocida para el resto de los poetas,  un lenguaje diferente, riguroso y a la vez profundo, subliminal, cuyo estilo novedoso en aquel tiempo, nos obligaba a una lectura más atenta y confiada que la que prestábamos al resto de la poesía de su tiempo. Lo interesante de esta observación es que la obra de Juan Sánchez Peláez nunca se depreció ni bajo en estima ante la mirada de los poetas más  recientes que continuaron leyéndolo con atención, con la misma atención que  a sus propias obras,   a través de los pocos libros  que lenta y castigadamente,  a intervalos regulares, fue publicando entre l951 y l989. De alguna manera, elocuente o tácita, los poetas de los años sesenta le estamos en deuda por el interés que él mismo, en tanto que  gran lector, prestó a nuestros trabajos, dentro de una camaradería que ni por asomo alcanzó  pretensión académica ni visos de adulante ingerencia.

Esa preferencia por su obra a que nos obliga este reconocimiento se fundamenta, por decir algo,  en la homogeneidad,  la unidad y  la calidad pareja, que de libro en libro, tiene la singular obra de Sánchez Peláez; nivel cualitativo que se mantiene a través de  su actuación personal,  en medio de períodos de silencio, aislamiento y reclusión del poeta atormentado por fantasmas interiores y por los estruendos de la ciudad. Rigor y templaza pocos conocidos en la poesía venezolana, antes y después de él, como corresponde a un poeta que tuvo alta conciencia de su oficio, ajeno como era Juan a toda profesión de vanidad, a todo alarde o afán publicitario.

En fin,  insensato el que crea que la obra de J.S.P es de fácil acceso y que se entrega a una primera mirada, a despecho de que es sugestiva y, metafóricamente hablando, brillante, concisa en su intencionalidad. Juan fue un poeta obsesionado por la alquimia verbal, por la transmutación de lo real de las cosas en un sentimiento vernal, como conviene a un gran lector de Rimbaud y buen conocedor de la poesía surrealista de habla francesa. Paradójicamente, escribió fascinado por el poder asociativo de la memoria  (fue un gran memorioso), pero desconfiaba de la anécdota, de todo cuanto pueda resultar demasiado explícito o lineal, sin renunciar al tono auto-confesional, puesto de manifiesto o velado, de un modo simbólicamente freudiano, existencial, en muchos de sus textos. En esto nuestro poeta es supremamente contradictorio (y Juan utilizó casi exclusivamente el verso para expresarse): por un lado libra una lucha contra el razonamiento, al cual intenta ahogar en el cauce de lo indecible, desde la persistente inocencia que en su lenguaje pugna por recuperar la infancia, pero por  otra vía, generalmente automática,  se entrega a la nostalgia de  campos reales y materiales  que parecieran inalcanzables por medio del lenguaje y cuya consecución sólo es posible en la vida misma como, por ejemplo, el cuerpo femenino, tan táctilmente acariciado y deseado en sus versos,  o, en un sentido general, el aparato del amor. Amante frustrado, Juan fue un romántico, exacerbado en sus explosiones de ingenuidad,  celebratorio y enfático de su yo, como el maestro Ramos Sucre. Juan condena y se exalta ante la belleza fría y neutral del lenguaje y se prosterna ante ella como si fuera la amante imposible, satisfaciéndose finalmente, en las bondades de ese lenguaje  para sustraerse a la parte de pesimismo y frustración que a él mismo lo agobia, lo inunda, sobre todo frente al sentimiento de la muerte, expresado casi siempre como presentimiento de ella, como absoluto próximo, en todos sus libros, enfrentado como estuvo a la nostalgia de la infancia, enfrentado como estuvo al ansia de purificación y, por supuesto, a la aceptación anticipada de su propia muerte.

La muerte de Emerio Darío Lunar - Juan Calzadilla
Publicado en Puntos de vista.

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *